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Revista Isla Negra
Casa de Poesía y literaturas
24 de Febrero, 2012 · General

Reminiscencias del principio: los pasos iniciales de Carlos Roberto Gómez Beras, un Poeta-Editor.

En las letras, desde Puerto Rico:

 

por Carlos Esteban Cana

 

Fue con el paso de los años que Carlos Roberto Gómez Beras pudo cumplir su sabática autoimpuesta, a la que hace alusión al finalizar esta conversación. Cuando nuestras conversaciones fragmentarias iniciaron, Isla Negra Editores cumplía su primera década. Recuerdo que había conocido al Poeta-Editor en la presentación del segundo número de Taller Literario, en la Biblioteca José M. Lázaro, en el 1994. Si no me equivoco fue la narradora Nilda Soto Méndez quien nos presentó. Desde ese entonces coincidíamos en ferias, presentaciones y tertulias culturales. Y cuando se dio esta entrevista en El Viejo San Juan el respeto hacia su obra no era poca.

Por lo anterior sé que el mismo Carlos Roberto se sorprenderá de los detalles que la entrevista devela, sobre sus inicios como poeta y el desarrollo de la pequeña editorial que fundó a principios de los 90’s. Veinte años después, aquel proyecto generacional se ha convertido en un proyecto de dimensiones amplias que consolida su presencia regional caribeña con escritores y artistas de diversas latitudes del planeta. Con un catálogo dotado de 300 títulos Isla Negra Editores figuró el pasado año como invitada en la Feria del Libro de Frankfurt. Y el propio Carlos Roberto da el debido espacio a su poesía, después de años de silencio, con la publicación de su nuevo poemario, Mapa al corazón del hombre y la puesta en circulación de su antología personal, titulada Sobre la piel del agua.

 

Ahora escuchemos reminiscencias del principio, en la voz del Poeta-Editor.

 

Carlos Roberto Gómez: Realmente Isla Negra comenzó oficialmente en el 92 porque fue el año que incorporamos la editorial en el Departamento de Estado. Pero el concepto comenzó cuando publiqué mi primer libro. Yo escribo este primer libro, Viaje a la noche, y decido que lo voy a publicar porque se lo había entregado a un maestro querido que se llamaba José Emilio González. Y José Emilio lo leyó y dijo que sí, que eso era un libro, que se podía publicar y me hizo unas observaciones.

Viaje a la noche es un poemario de entrada, en el que estoy un poco reproduciendo el resultado de mis primeras lecturas serias. Las lecturas de Neruda, Vallejo, y, sobre todo, los poetas malditos franceses: Baudalaire, Rimbaud, que eran mis lecturas de literatura comparada. El texto es uno de corte romántico lirico, pero un lirismo bastante mediado por lo surrealista y el juego con las imágenes. Luego de haber pulido Viaje a la noche, cuando le incorporé algunas de las observaciones de José Emilio, me comunico con mi amigo Iván Figueroa, que ese momento trabajaba con una editorial que todavía existe, Publicaciones Puertorriqueñas. Entonces Iván pide permiso para que dentro de su tiempo y con el equipo de Publicaciones se le permitiera levantar este libro para uno de sus mejores amigos. Entonces se levanta el libro y lo enviamos al Pen Club. Lo levantamos en el sentido de que Iván y yo concebimos los dibujos, detalles de diseño, aunque fue Iván quien lo materializó. Recuerdo que en medio de todo eso yo le digo: “Mira, Iván, esto puede ser el proyecto de un proyecto. Vamos a llamarle a esto Editorial Isla Negra”. Pero como estábamos sacándolo dentro de Publicaciones Puertorriqueñas pues tuvimos que tranzar. Salió bajo el sello de Publicaciones pero bajo una colección que se nombra Colección Isla Negra. Y ese Premio del Pen Club fue mi entrada al mundo literario puertorriqueño, porque nunca había participado en ningún grupo, ni había tenido ninguna presencia destacada en ningún tipo de coloquio. Yo era completamente desconocido.

En términos literarios lo primero que hice fue que participé en el certamen de Contornos, la famosa revista Contornos; una experiencia muy bonita porque resulta que cuando llego a la Universidad yo no escribía. En mi familia sí había una tradición de escritores, pero casi todos son historiadores. Mi mamá escribía poesía y, en su tiempo, fue una poeta con algo de peso; apareció en varias antologías. Pero cuando entro a la Universidad yo no escribía. No era escritor joven. Lo que hacía era lo propio de los muchachos: jugar baloncesto, ir detrás de las muchachas. La literatura era para mí algo que recién estaba comenzando a descubrir.

Hay un detonante al nivel de escuela superior y podría mencionar la menor dos detonantes a nivel de universidad. El de escuela superior fue que ese último año, antes de entrar a la universidad, tomamos las pruebas del College Board. Salí mal porque yo no era lo que se conoce como un estudiante sobresaliente, al menos no en ese nivel. Yo era un estudiante promedio. Entonces el director de la escuela llamó a mi mamá preocupado y ella fue y allí me puso en cintura al frente de todo el mundo. Ya entre los dos me dijo que yo tenía que ponerme sobre mis ruedas para entrar a la Universidad. Entonces me acuerdo que llegó un maestro a la escuela. Se llamaba Melvin Torres, y entró como maestro nuevo de español. Me acuerdo que empezó a darnos una clase de español muy interesante, y me identifiqué mucho con él por su forma de dar la clase. Podríamos decir que me convertí no en su mejor estudiante pero sí en uno de sus más insistentes. Y me di cuenta que yo podía funcionar bastante bien dentro del mundo del español y de la literatura. Así que esa primera experiencia con ese maestro como que me empezó a inclinar hacia eso. Pero todavía yo no escribía poesía ni nada.

 

Cuando entré a la Universidad, que entonces experimento la vida universitaria con todos sus matices,  supuestamente iba estudiar dentista porque en mi familia había una gran tradición de dentistas. Pero al segundo año decidí que no iba a ser dentista, que yo iba a ser abogado. Mi mamá era abogada y también en mi familia hubo abogadas. Lo de abogado iba un poco más serio porque me transferí a Ciencias Sociales, y en ese tiempo ya había empezado a escribir poesía.

 

Era mucha poesía la que me salía. Era como si tuviera una necesidad de comunicar algo. Y me di cuenta que la mejor forma de lograrlo era a través de la poesía. Entonces empecé a escribir cosas que creía que eran poemas. Me salieron ciento y pico de cosas, un montón de cosas. Y yo andaba siempre con mi mazo debajo del brazo buscando víctimas. Cualquiera que veía con cara de buena gente le decía ‘ven acá’, y le espetaba uno. Y a los maestros los tenía locos. Me acuerdo que fue de esos primeros poemas que envié algunos a Contornos. Esa revista era el primer espacio que encontré como escritor. Entonces recibí una notificación de que no me habían aceptado los poemas, y eso para mí fue una gran tristeza. Yo dije: ‘Pues…’ pero algo me decía que llamara. Todo joven escritor piensa que ha escrito algo así como Cien años…, y que lo que tiene es lo más importante. Entonces llamé para ver si me podían, al menos, devolver los trabajos. Y cuando lo hice me dijeron: “Pero es que no podemos devolverle nada porque usted está incluido en la revista”. --“Pero yo recibí una carta”. --“Ah, no, eso fue un error”. Y resultó que estaba dentro de la primera selección que se hizo, y para mí eso fue como que ¡wao! El director de la revista era Pedro Santaliz. Luego con el tiempo me enteré que la revista se había convertido en la publicación del Cuadro de Honor. Creo que llegué a publicar en Contornos como dos veces.

 

Mientras tanto ya estaba en Ciencias Sociales, y allí fue que ocurrió el tercer gran evento, que, tal vez, fue el más grande de los que me inclinaron hacia la literatura de forma total y obsesiva para el resto de mi vida. Sucedió que me quedaba un semestre para graduarme en Ciencias Políticas, entonces enviaron unas instrucciones de que los que iban a entrar a Pre-legal tenían que tomar unos cursos en humanidades. Y me pusieron en un año a tomar lo clásico: música, arte, filosofía y literatura. Lo cierto es que como tal, hasta aquel momento, nunca había tomado un curso de literatura, y el maestro que me tocó fue José Emilio González. Así que durante un año tomé clases con José Emilio. Y cuando terminé ese curso me acuerdo que salí de la clase, fui al Departamento de Ciencias Sociales y les dije: “Yo me quiero cambiar de concentración”. –“¿Pero tú estás loco, si lo que te queda un semestre?.” --“Yo me quiero cambiar.” Me dijeron: “¿Hacia donde?”. Yo dije: “A literatura comparada.” Y me preguntaron: “¿Qué es eso?” Porque no era un Departamento muy conocido. Y contesté: “Yo no sé, pero ahí es que me quiero cambiar”. Y entonces ahí me metí a Literatura Comparada.

 

Y eso ocurría mientras yo iba haciendo esta amistad entre comillas, amistad entre maestro y estudiante. Porque José Emilio tenía su particular forma de hacerse amigo. Él era duro con los estudiantes pero sabía por qué. Yo de vez en cuando le llevaba poemas y un día le dije: “Yo quiero enseñarte un libro. José Emilio, yo quiero que tú leas esto”. Entonces le entregé ese mazo de poesías, se lo llevó, regresó un día y no me acuerdo exactamente de las palabras pero en síntesis dijo que aquello era una mierda. Me dijo: “Esto no sirve, esto es una porquería.” Imagínate como lo tomé, durísimo porque yo tenía toda esa cosa, toda esa producción. Sin embargo descubrí algo bien importante en esto: que yo había estado escribiendo pero no había estado leyendo. Y que si quería ser escritor debía ser primero lector. Entonces empecé a leer poesía, lo que no había estado haciendo. Estuve un tiempo largo leyendo, solamente leyendo poesía. No escribía nada. Empecé a leer y a descubrir otras cosas, otras lecturas. A repasar lo que había leído, entonces ahí fue el encuentro con Baudelaire, Neruda, sobre todo el Neruda de Residencia en la tierra que es mi favorito. Vallejo, la poesía latinoamericana. Y entonces me senté a escribir un libro, no a escribir poesía, sino a escribir un libro. Y desde ese día, los cuatro libros escritos hasta la fecha han nacido libros. Hasta este momento siempre me ha funcionado escribir libros, ya nada de poemas sueltos. Me senté y empecé a escribir Viaje a la noche en sus partes. Lo que concebí fue un viaje hacia la experiencia amorosa, y lo dividí en tres partes: primero el motivo, después el viaje, concluí con el naufragio y lo armé. Entonces ahí surgió un evento importante que fue el certamen de Tríptico, que en ese tiempo estaba capitaneado por Zoé Jiménez y Rubén Moreira.

 

Tríptico era gente que se habían separado de los escritores vinculados a Filo de juego y crearon Tríptico, que después de revista se convirtió en certamen. Fue un certamen espectacular. Casi toda la generación del 80 estaba participando. En términos de lo que fue la generación del 80, fue bien significativo porque conformó a la generación. Después Tríptico se convirtió en una editorial. En el certamen participaron ciento y pico. Yo envié la primera versión de Viaje a la noche. El primer lugar lo ganó Mayra Santos, y yo gané un segundo lugar compartido con Edgardo Nieves Mieles. Entonces cuando me gané ese segundo lugar, como que me di cuenta de que había algo interesante, entonces me atreví a llevarle no un mazo de poemas a José Emilio, sino ya un libro, ese libro. “José Emilio -le volví a decir- aquí tengo un libro”. Se lo llevé. Entonces pasaron dos o tres semanas. Silencio total. Un día me llamó y me dijo: “¡Carlos Gómez, esto es poesía!”. También yo se lo había enviado a don Manuel de la Puebla, que rápido me había comentado: “Es un libro excelente. Te felicito”. Entonces ahí es cuando lo trabajo con Iván. Como ya te dije, le dimos carácter de libro y lo enviamos al Pen Club.

 

Lo envío al Pen Club. Y como pensábamos hacer un sello editorial le saqué un box para el sello. Sacamos uno cerca de lo que fue la librería Bell, Book & Candle. Pero a mí se me olvidó ese box, nunca buscaba la correspondencia. Sucedió que un día estoy caminando por los pasillos de comparada, y me acuerdo que vino Ruben Ríos, o Gelpí, y me dijo: ‘felicidades’. Yo no sabía por qué me estaba felicitando, será porque era navidad, pensé. Entonces sigo de frente y me encuentro con Ana Lydia y me dice lo mismo: “Carlos, felicidades, ese premio, que bueno”. Ahí fue que le dije: ¿De qué tú me hablas? Y yo, ¡qué! ¡No puedo creerlo! Ese mismo día me picó la curiosidad y fui al box y ahí estaba la carta que notificaba que había ganado el Premio de Poesía del Pen Club. Había llegado hacía como una semana. Fuimos a buscar el premio y fue muy interesante el laudo porque el jurado estaba integrado por gente de varias generaciones. Julio César López, que fue el jefe del jurado, me comentó que cuando mi poemario llegó, ya ellos habían descartado otros poemarios. Pero cuando él recibió mi poemario y lo leyó, dijo: “No. Esto es distinto”. Entonces se lo pasó a los otros, y los demás integrantes del jurado dijeron que era el 1er premio.  Después todo el mundo preguntaba: “¿Pero quién es él?” Porque nadie sabía. Yo era un poco conocido sólo entre la gente de mi generación, que en ese momento éramos los soterrados, y que en realidad nos conocíamos entre nosotros. Yo conocía algo de Mayra, de Edgardo. Pero acuérdate que contrario a Mayra, a Edgardo, a Rafa Acevedo, a esa gente de los 80’s, yo nunca participé de ninguna revista, de ningún grupo. Yo caí directamente al certamen de Tríptico, y de hecho cuando llegué a ese certamen también empezaron a indagar sobre quién era. Un día Zoé Jiménez Corretjer me llamó. Ella quería saber quién era yo, que nunca me había oído. Porque yo nunca había estado en ninguna revista de esos grupos. Y después pasó lo mismo en el Pen Club. En esa ocasión la curiosidad fue mayor porque los finalistas de ese año eran escritores ya establecidos que tenían varias publicaciones, e incluso habían ganado premios. La pregunta entre el jurado era obvia: ¿Vamos a darle el premio a una persona completamente desconocida? Entre los finalistas, yo era por mucho el más joven. Todos los finalistas eran de la generación del 70 y del 60. Entonces a la luz de ese premio, la gente empezó a acercarse y preguntaban quién me había hecho el libro. Pues lo hicimos entre Iván y yo, contestaba.  Y como comenzaron a preguntar por Isla Negra usamos ese primer libro como un trampolín para presentar el proyecto editorial. Publicaciones Puertorriqueñas siempre entendió que era un proyecto que Iván estaba haciendo y ellos cedieron como buena voluntad su sello.

 

Yo me atrevería a decir que mi premio debió haber sido de los primeros que recibió algún integrante de la generación del 80, a nivel de ese tipo de premio, a nivel nacional. Y sin duda había otros poetas, Edgardo con Mairena, creo que el mismo Rafael Acevedo había tenido un libro finalista con Casa Las Américas. Ya después Isla Negra se convierte en una especie de paladín de la generación. Siempre he visto que la editorial inició precisamente como un proyecto de generación. Mi principal compromiso era con mi generación pero lo que ha pasado es que lo he ampliado.

 

Inmediatamente después de ese primer libro, Viaje a la noche, escribo tres libros. El segundo se titula La paloma de la plusvalía, el tercero Poesía sin palabras, y el cuarto se llama Animal de sombras. Y son tres libros escritos sucesivamente. Terminé uno, completé otro y luego otro. Cuando los publiqué tomé la decisión de reunirlos en un sólo volumen y titularle La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos. Pero adentro están esos tres con Viaje a la noche; los concebí como libros que se pueden leer separados.

 

Para la época ya Isla Negra es un proyecto un poco más maduro y tomo la decisión editorial, como te mencioné, de publicarlos en un solo volumen en el 96. La realidad es que no le presté atención editorial a ese libro, un poco en casa del herrero cuchillo de palo. No lo envié a ningún certamen, no hice nada con él, sino que lo empecé a correr entre los amigos y entre algunas librerías. Casi cuatro años después fue que decidí presentarlo oficialmente. Sin embargo, se empezó a correr la voz, la gente empezó hablar un poquito de libro. Pero la publicidad grande se generó cerca del 2000 cuando lo presenté junto con un pintor dominicano que se llama Ezequiel Tavera. Sin embargo la gente había empezado a leerlo, y el libro tuvo una vida editorial interesante pese a mí, pese a que yo no hice todo el esfuerzo que pude haber hecho.

No he escrito más nada. Tengo proyectos que hace años los tengo ahí comenzados; unos cuentos comenzados, una novela… Quiero volver a escribir y lo haré, ya sea que me tome una sabática de verano autoimpuesta. Eso implicaría limitar los proyectos en verano a cero. Ya una vez hicimos una moratoria, podemos hacer otra. Yo no voy a tocar libros de otros y voy a trabajar en los míos. Eso me gustaría mucho, porque a la verdad que lo necesito.

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publicado por islanegra a las 14:45 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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