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Revista Isla Negra
Casa de Poesía y literaturas
07 de Marzo, 2012 · General

Mario Antonio Rosa: el placer de la lectura o la poética esencial

 

En las letras, desde Puerto Rico (Serie En sus propias palabras)                          

por Carlos Esteban Cana

Este poeta regresó de México, lugar donde participó intensamente de la vida cultural, con un compromiso generacional hacia el País. Sentía, según él mismo lo revela, que en ciertos espacios en Puerto Rico la literatura se estaba convirtiendo en una tarde aburrida del viernes en un salón de fiesta. Por eso se dio a la tarea de salir de recintos académicos y de zonas metropolitanas y buscó, entre la diversidad, excelencia en voces creadoras que trascendían el compadrazgo y la norma.

Después ha viajado al escenario donde Lorca fundamentó el motivo de sus versos, y poco a poco, sin necesidad de padrino alguno, ha desarrollado una firme trayectoria como poeta. Libros como Misivas para los tiempos de paz, Tristezas de la erótica o Duelo a la transparencia deben figurar en la biblioteca de todo amante de la buena poesía. Paralelamente, este escritor ha desarrollado un estilo propio como crítico literario, que lo ha llevado a reseñar la obra de los principales creadores de los últimos 20 años. Oficio que le permite, además, comunicar con belleza y pasión lo que implica el ejercicio de la lectura. Mérito asombroso en una comunidad literaria donde muchos quieren ser leídos, pero en la que casi nadie, muy pocos, se dan al placer de leer y escuchar a los demás.

Su libro más amado le ha tomado 15 años para llevarlo a su punto final. El poeta se confiesa muy revisionista, por lo que no descansa hasta que la palabra exprese con exactitud lo que desea comunicar. Así, bajo esa exigencia autoimpuesta, comenzaron a surgir los poemas de este poemario en Kingston, Jamaica. Libro que desde su nacimiento, a mediados de la década del 90, no dejaba de retarlo una y otra vez. Tres lustros después, Kilometro sur llega a manos del lector. Por tal motivo, En las letras, desde Puerto Rico dedica esta edición al poeta, ensayista y crítico literario Mario Antonio Rosa.

 

Mario Antonio Rosa en sus propias palabras

Comienzos

Mi padre siempre me estimuló desde muy niño a leer. Mi papá era ingeniero pero antes fue maestro normal. La práctica de ingeniería la hizo en Cataño en una fábrica de motores aviones. Sin embargo él era un lector, disfrutaba muchísimo la lectura. Muchas de las asignaciones que me daban en el Colegio Nuestra Señora de Lourdes, las hacíamos juntos, especialmente las de historia y estudios sociales. Recuerdo que un día, que me asignaron buscar información sobre Gabriela Mistral, la gran poeta Premio Nobel, papi me ayudó con la enciclopedia y con unas referencias. Gabriela Mistral fue la primera poeta que me llamó la atención. Papi me dijo: “Sería bueno que transcribieras unos de los poemas”. Mi padre, que siempre me estimuló a que tuviera contacto con la lectura y la vida cultural, consiguió el libro que se titula Desolación, y yo transcribí unos cuantos poemas de ese libro. Y puedo decir que desde ese momento comencé a sentir un apego, una cosa instantánea hacia la poesía y la literatura en general.

Papi, que siempre me traía libros, llegó un día con un libro que se titula Romancero gitano de García Lorca. Y ese primer contacto con el Romancero me llevó a escribir poemas. Era poesía que utilizaba todo el tiempo la estructura del romance. Y ya a los 12 ó 13 años estaba haciendo poemas para mí. Siempre fui algo tímido para exponer mi poesía ante lo demás. A lo único que me atreví fue a escribir el poema de la clase graduanda 1984 en la Escuela Superior Rafael Roca de Naguabo. Si no me equivoco a la pieza le titulé Exodo y encomienda. Durante el transcurso, antes de que pasara eso, llegaron muchos autores a mi mesa de lectura. Llegó Neruda, llegó Rilke, llegó Heaney. Comenzó en mí una particular identificación con la poesía europea, la poesía de vanguardia francesa, la moderna, la poesía simbolista. Esos libros los compraba o papi me los traía, y con otros simplemente aprovechaba la hora de almuerzo y los leía en la biblioteca escolar. Esa biblioteca estaba al día gracias a la Profesora Peña y la misma estaba dotada de una buena colección de poesía. Después llegó también Vallejo, el creacionismo de Huidobro y Leopoldo Lugones.

Los que están inmersos en el placer de la poesía tienen una comunicación muy íntima con los libros. No se lee por leer. Hay mucha gente por ahí que lee por leer. Lo ideal es leer y sentir a la vez. Leer y visualizar lo que estás leyendo. Leer y sentir que no eres tú, sino sentirte el propio poeta y ver qué estaba contemplando, por dónde estaba caminando -lo digo en el plano espiritual y lo digo también en el plano terrenal-. ¿Qué estaba viviendo? ¿Cómo sería eso? Es como cuando tú lees el poema que le escribe Federico a Ignacio Sánchez Mejía, La sangre derramada. Tú cierras los ojos y lo puedes sentir. Puedes ver toda esa situación cuando el toro, prácticamente, masacra a Ignacio, lo mata en la cornada. Entonces tú ves todas esas imágenes como en una película. Siempre se da una situación de que tocas el libro y sientes lo que te puede decir. Si no te dice nada no lo debes abandonar, lo pospones hasta que llega el momento que ese autor, ese libro, te pueda decir algo. Yo digo que yo conozco a los autores, por ejemplo, cuando me encontré con el libro La estación violenta, ya yo conocía a Octavio Paz pero lo conocí mejor a través de ese libro. Es como un diálogo, como si nos sentáramos aquí, el autor y yo, y empezáramos hablar me dijera: “Mira, esto es lo que te quiero decir.” Entonces tú lo sientes, te estremeces, y en algunas ocasiones reflexionas sobre varios momentos de tu propia vida.

Yo crecí, como todo adolescente, con unos conflictos muy profundos, pero papi siempre me alentaba y añadía una cosa muy curiosa. Decía que no siguiera a la mayoría. “Tú nunca sigas la mayoría”, me decía. “Tú siempre lucha por ser de los pocos, porque ahí es que vas a encontrar verdaderamente el conocimiento. Hay muchas cosas que la vida misma te va a enseñar, pero si toda una muchedumbre va por un pasillo corriendo, tú no sigas también corriendo por ese lugar. Vete al pasillo donde menos gente halla y verás que siempre te vas a llevar muchas sorpresas.” Y echo de menos eso, echo de menos a ese hombre que era un sabio, y que en alguna época no supe valorarlo. A mami yo la adoro, de ella aprendí la verdadera filosofía del trabajo. Antes de casarse mami trabajó en el restaurante Bonaire que estaba ubicado, si no me equivoco, en la parada 22 en Santurce. Ella supervisaba a los mozos en el turno de noche, que era hasta la madrugada. A ese restaurante, que estuvo muy de moda, iban artistas como Silvia Rexach. Y ahí fue que ella conoció a Papi y después dejó de trabajar. En cuanto a que yo escribiera poesía mami no quería saber nada. Me decía que dejara esas loqueras, que eso era una porquería, por eso cuando papi y yo hablábamos de poesía lo hacíamos en el patio pero no delante de ella. Él me decía: “Si escribes poemas me los enseñas a mí, no se lo enseñes a tu madre.” Incluso una vez papi me dijo: “Haz una cosa, no tires a la basura esos poemas. Guárdalos y un día de estos, más adelante, siéntate y léelos de nuevo, reevalúalos, y entonces trabájalos. Pero nunca renuncies a eso.”

Mi proceso de seguir caminando en la poesía no fue fácil, se hizo muy difícil porque con la primera persona que tuve que luchar, en una época de mi vida, fue conmigo mismo porque no creía en mi trabajo. Quizás por la dinámica que tuve con mami. No sé. Ya yo me estaba identificando con una primera forma de trabajo que era el poema largo, me gustaban los poemas épicos. Trastocaba a Homero, pero te confieso que aún al principio no lo entendía. Aunque lo veía como una cosa tan maravillosa no lo entendía. Coqueteaba un poco con Paraíso perdido de John Milton, que es una de las propuestas más poderosa que se ha hecho en la historia de la poesía universal; del hombre frente a su yo interno, frente a su alma, y el acercamiento al universo en todos los planos. Entonces empecé a entrar en esos mundos de la observación interior, con una rebeldía que buscaba una liberación. Buscaba una identificación con la plenitud de la vida, con la plenitud del amor, con la plenitud de la libertad. Aquí hablamos de democracia y no somos libres. Vete un día y transita las principales avenidas por la tarde, para que veas que la gente está prisionera de su vida. A veces ni la propia familia proporciona un espacio de libertad y de realización. Y tú ves todo eso y notas que el ser humano no es libre. Por eso pienso que el poeta tiene que ser un ser humano completamente libre y los que estén compartiendo su vida tienen que comprender ese modo de vida, saber que esa libertad no se puede tocar. No es la libertad que conocemos de derechos, sino que es la libertad de acá dentro, de la esencia. Tiene que ser así para que uno, como poeta, pueda alcanzar o pueda aspirar a la cercanía de la excelencia.

La continuación del proceso: lo demoledor de la poesía

En el transcurso de mi liberación poética fueron capitales dos personas. Mi hermano Juan Antonio Rodríguez Pagán fue el primero, aparte de papi, que me dijo: “Esto vale.” Tuvimos mucho pulseo, muchos debates intelectuales, porque yo me resistía a publicar y él insistió, insistió hasta que llegó el momento en que me atreví. Por eso le dedico a él y a unos amigos inolvidables Misivas para los tiempos de paz. Pero fue Juan y Francisco Matos Paoli las dos personas que me enseñaron que yo tenía una labor que hacer y que esa labor conllevaba unos principios. No sólo se trataba de escribir sino que asumir la poesía era en su sentido esencial un acto de compartición y no un acto egoísta. Para asumir la poesía había que hacerlo con humildad. Y es así. No se puede ver la poesía como si fuera un juego de baloncesto, a ver quién mete más canastos de tres puntos, quién defiende mejor y quién es el mejor anotador. No. La poesía no es eso. En la poesía no se compite. La poesía es un proceso de compartición y un proceso de discernimiento continuo. Y cuando tú estás en un País como este, con la situación que estamos viviendo, la poesía tiene que ser un testimonio de verdad y un testimonio que permita despertar conciencias. La poesía no es pretender que me rindan pleitesía y que me hagan una estatua. No. La creación se da mediante un proceso colectivo, un proceso que se da entre todos. Por eso no debe existir esa actitud de egos en la que uno piense que el otro le puede opacar, que es un complejo que tienen muchos escritores aquí. Los egos hay que dejarlos a un lado.

En mi proceso creativo he explorado el ensayo y la dramaturgia pero el primer andamio se da con la poesía. Aunque trabaje en otros géneros siempre permanecen los elementos que nutren al poema. Siendo cartesiano por naturaleza, dudo, pienso y existo. Siempre tengo la duda presente en mis creaciones, esa duda de si el poema  cumple realmente con lo que yo quiero comunicar. Si no es muy hermético o soy demasiado denso. Cosas así. Por eso digo que mi proceso siempre es un proceso de observación. Cada día vivo no mirando, sino observando todo lo que me rodea. Las observaciones se hacen desde el corazón y no desde el intelecto, y esas observaciones te empujan a un título, te dicen un título, te nombran un título: yo quiero llamarme esto. Desde ese título, que es lo mismo que decir toda esa observación diaria, van surgiendo temas que adquieren cuerpo y forma. Temas que piden que hagas luz, que le des forma adecuada para comunicar. Incluso ocurre en el momento de escribir la columna en Claridad, en la que siempre trato de tener la frialdad propia y característica de los periodistas, pero como siempre parto de la poesía es inevitable que esa luz que da el verso y la metáfora no sea parte de la historia. No puedo excluir la poesía del reportaje de turno que esté realizando. El proceso poético esta inherentemente relacionado a la capacidad de observación y se logra cuando a la misma vez se vive lo que estás observando. Siempre lo resumo así. Incluso aunque el poema sea negativo, aunque sea de crítica, siempre hay una aceptación y una exposición de espiritualidad. El poeta es un ser espiritual lo quiera o no. Lo niegue o no lo niegue. En el mismo Nerval, en Rubén Darío, en Vallejo, Huidobro o en Nicanor Parra con toda su antipoesía, está el complemento de cierta unidad espiritual. Tengo una definición muy personal sobre lo que es espiritualidad y para mí es, sencillamente, acercarse a una expresión transparente. No necesariamente tiene que ser pura pero sí transparente, una expresión que permita libertad al propio ser y al ser con respecto a lo que le rodea. No hablo de la libertad que predican los proselitistas, ni la espiritualidad que se conoce de las iglesias. Sino de esa libertad que la misma expresión te permite y te hace capaz de hacerte un humano espiritual. Y esa espiritualidad personal de cada poeta no es algo en la que uno esté como flotando ajeno a todo, sino que también se traduce en la búsqueda de la verdad, por eso la denuncia. Y cuando esa expresión se logra de una manera exacta y perfecta, es demoledora. Por eso ciertos sectores rechazan tajantemente, temen y abominan esa verdad. Por eso para ellos la poesía es inaceptable.

 

Primeros libros

Mi primer libro se titula La soledad despierta, poemario que apenas menciono pero que marca el principio del proceso, cuando salía del caparazón hacia afuera. En ese libro se materializaba la conciencia de que tenía que aceptar mi relación con la escritura. Lo escribí a los 19 ó 20 años y señaló ese destino que teníamos la poesía y yo. Se compuso sin ninguna intención de unidad temática, pero son principalmente poemas de amor, poemas nerudianos completamente. Habita y cohabita el Neruda de Residencia en la tierra, el Neruda de Los sonetos de amor. Bajo el crisol de mi crítica actual, que es como un toro desbocao, yo diría que el poema que cierra y que da título al poemario, sería el único poema que sobreviviría. Incluso he pensado re-escribirlo, pero soy muy cauteloso a la hora de retomar un libro. Sería un proceso hermoso pero, a la vez, es delicado porque si uno le sigue puliendo, puliendo, como dice Miguel Hernández: “¡Dale, dale, ay, hasta la perfección!” podría convertir el libro en algo muy seco, muy estructurado. Por eso estoy alerta para cuando el mismo libro te dice: “¡Déjame!” Y ahí tú tienes que ejercer tu libertad, y decir: “Bueno, está bien, te dejo” Hay que dejarlo ir. Eso es parte del proceso.

Para el primer libro estudiaba humanidades en el Recinto de Humacao, de la Universidad de Puerto Rico. Y también para la época colaboré con Juan en un documental titulado Francisco Matos Paoli: la entrevista esencial. Yo estaba en calidad de libretista y fuimos un sábado a casa de don Paco. Estuvimos desde las diez de la mañana hasta las siete u ocho de la noche, y el impacto fue demasiado, podría nombrarlo como un verdadero acontecimiento en mi vida. A Juan Antonio y a Francisco Matos Paoli les debo mucho.

La amanecida, fue un segundo libro ya de carácter artesanal. Se divide en dos partes, la empírica y la que experimenta con el ars poética. La amanecida es un solo poema en 50 páginas. Versos chiquitos que son como cuenta gotas.  Lo hice bajo Ediciones Cundiamor.

Para esos años había comenzado a leer poemas en público, pero para nada había pensado en publicar de manera formal. Sí me había traslado a finales de los 80’s al Recinto de Rio Piedras y allí me encuentro con poetas como Eric Landrón, el primer Elidio La Torre, jovencito, con sus poemas de Embudo, Angelamaría Dávila. Y, sin embargo, el estar en ese recinto tan enorme, me hacía ser más reservado, aun cuando en Humacao yo había fundado una pequeña revista literaria llamada Aurora. Por eso Juan y don Paco fueron tan importantes en esa época de mi vida. También me inspiraron a seguir adelante los poetas de Guajana, específicamente Vicente Rodríguez Nietzche y Andrés Castro Ríos.

Acuérdate que yo estudié en una época, entre los 80’s y los 90’s, que la poesía era una práctica exclusiva de académicos. Era difícil acercarse a los poetas que ya tenían nombre, y recibir algún estimulo de ellos era casi imposible. Por eso es que muchos de los egresados de la generación del ochenta todavía tienen esa actitud. Y fue esa actitud la que nuestra generación, los que hemos venido después, fuimos rompiendo poco a poco, a marronazos. Esa pared era una pared enorme, y poquito a poco fuimos cambiando la cosa. En aquella época, que alguien que estaba comenzando se les acercara a esos escritores era como decirles malas palabras. Ellos creían, y algunos todavía lo creen, que para ser poeta hay que hacer estudios graduados y conseguir un doctorado. Y algunos de los poetas jóvenes que emergieron después y han logrado un poco de fama también cayeron en esa misma práctica. Por eso siempre tengo presente las palabras de Rosa Montero cuando dice que la fama es la manera más barata del éxito, y yo creo totalmente en eso. También hay otros poetas de los 70’s que son recalcitrantemente indeseables, en el sentido de que uno no se les puedes acercar si antes no te identifican; de no saber quién tú eres te rechazan. Es una mala práctica. El ego no puede nublar una conciencia literaria. O sea, si doy un taller de poesía no es para que me adulen, doy el taller para compartir y brindar el concepto de la poesía, el principio de la poesía. La mejor manera que un poeta tiene para sentirse fiel a sí mismo, sentirse más libre, más pleno, es brindando el conocimiento de libertad que la poesía otorga. Cuando hago un taller literario no lo hago queriendo hacer un club de modelos para pasarelas, y es ahí, en esas “pasarelas” que se adquieren malas actitudes y malas practicas; eso de que quítate tú pa’ ponerme yo, no tiene nada que ver con ser poeta. La competencia no es con nadie sino contigo mismo, con nadie más. Tú haces poesía, yo hago poesía y podemos caminar juntos ese amplio pasillo creativo. Y tú tienes tu estilo y yo tengo mi estilo. Pero pretender que el foco de atención esté todo el tiempo en uno, es algo absurdo. Completamente absurdo.

 

El poeta en pleno curso: Misivas para los tiempos de paz, Tristezas de la erótica y Duelo a la transparencia

Misivas para los tiempos de paz es integrado por poemas que recorren el estado de soledad del poeta, que es un estado necesario. La soledad como un planteamiento existencial del ser es un tema que yo trabajo desde diferentes aspectos. Hablo de la necesidad que tiene el ser de alcanzar esa verdad necesaria que permite al sujeto complementar muchas cosas que rodean su propia vida. Misivas para los tiempos de paz se ocupa del planteamiento político de 1950, en sus páginas también el lector encuentra la fascinación con los mitos bíblicos como el de Jonás y la ballena. Está el planteamiento del héroe en la Epístola para el Ché Guevara. Está el dilema del amor y está el dilema de enamorarse en la línea de piquete en una huelga obrera. Los poemas de este libro son tipo carta. Originalmente las piezas iban a ser todas contra la guerra, pero otros temas fueron ocupando la piel del libro. Vivencias acerca de lecturas y un re-encuentro con ese embrión cristiano, que estaba antes de la bohemia, antes de todo.

Tristezas de la erótica empieza a escribirse en el 2001, aunque se publica en el 2004. Y cuando la gente me pregunta por la razón del título les digo que la erótica aunque la relacionamos generalmente con el placer, con lo que llaman en inglés el glee, también esta asociada a la consumación de todos los sentidos. Son tristezas porque llega la ruptura con la persona amada, se rompe el cauce, se rompe todo y en esa tristeza se recuerdan esos momentos hermosos. Un libro estructurado, escrito con toda la intención de hacer una unidad temática que se da con naturalidad. Yo me propongo esa unidad temática pero después me olvido de que me la había propuesto. Ese libro recrea esos momentos de felicidad del cuerpo y del espíritu pero ya en un plano de completa soledad. Y en ese plano se recuerdan así, con tristeza. Irremediablemente esa es la emoción que te otorga la soledad para observar esos momentos. Tristezas de la erótica se ocupa de la relación que tuve con la que fue mi esposa.

Duelo a la transparencia es una búsqueda de una autenticidad de la palabra. Lo comencé a escribir en Guadalajara en 1997 y lo termino en Puerto Rico. Hasta cierto punto dialoga con el libro anterior. Es una continuación de lo que pasa después. En ese poemario intento retomar unos símbolos que había abandonado. Quería acercarme, a como diera lugar, a una expresión pura. Y tengo que reconocer que aunque en ocasiones esa ambición extrema pueda ser mala es también de deliciosa. Los temas del alma y el ser, el ser humano ante la vida, la soledad y la muerte, habitan las páginas.

Una anécdota curiosa con ese libro fue que tuvo dos portadas. La primera contenía una obra de una artista reconocida, que la editorial había asignado a mi libro sin problema alguno, pero hubo que retirarla porque la artista en cuestión protestó: era ella y no la editorial quien seleccionaba los autores que recibirían su obra. Finalmente se realizó una segunda portada con la obra del pintor dominicano Ezequiel Taveras.

 

El proceso creativo en el poeta o ese lugar fuera de la coordenada terrenal

La poesía en momentos se me da por las tardes. Hay otros momentos en que la plena luz del día me incita a escribir. Tanto Misivas como Tristezas de la erótica, son hijos del medio día y del crepúsculo. Misivas se daba siempre de medio día hasta por la tarde o la noche. Podía estar más de cinco o seis horas escribiendo, por segmentos o fragmentos. Sucede que un fragmento puede estar descansando una semana, dos semanas, o puede que lo siga al otro día. Me la paso haciendo observaciones durante el día y en otros momentos quedo en una especie de mutismo, callado, como si me fuera de la coordenada terrenal. Una cosa como que te hala hacia adentro, pero que cuando estás así vas viendo los versos escritos. Casi siempre hay silencio cuando trabajo la poesía, y también la trabajo con boleros o música clásica. Uno se transporta hacia un mundo interior, y me ocurre cuando estoy solo y también cuando estoy entre la gente. Así me pasa cuando escribo las columnas.

Estoy leyendo a Sylvia Plath. Me encanta. Murió muy joven, en el 1963. A veces estoy leyendo tres libros a la vez. Confieso que todo el tiempo leo poesía. Sí leo prosa, pero soy más selectivo. Por ejemplo, recientemente estaba leyendo un libro de Rosa Montero que se titula La loca de la casa que habla de la situación del escritor hoy. Habla de lo que es la literatura, de las traiciones que esta sociedad puede hacerle a un escritor.

El escritor, el verdadero escritor, volvemos, es un ser espiritual, aunque lo niegue. La moda en los tiempos que nos ha tocado vivir es de escribir y vender. Pero el verdadero escritor siempre tiene que buscar en cada obra que escribe, la navegación de su propia espiritualidad. No lo vacuo o pueril. Incluso es evidente hasta en los casos de aquellos escritores más renegados. La sensibilidad nutre la lectura, la lectura nutre la sensibilidad, la misma lectura incita al ser a la búsqueda. El escritor es una esponja y recibe del mundo exterior visiones que el hombre y la mujer cotidiana no pueden ver. El verdadero creador tiene el gran problema de que es doble y hasta triplemente más sensible que ese otro ser humano que es normal, que se dedica a comprar autos nuevos,  de llevar al detalle las cuentas bancarias, y que cada año termina en Disney con la familia. El escritor tiene el problema de que no puede limitarse a eso. Aunque tenga que sobrevivir haciendo todo tipo de trabajos, jamás podrá instalarse de forma completa. Incluso hasta en la rutina de dar clases se da la abstracción de lo cotidiano; se transporta uno y los estudiantes a otro mundo, a otro estadio, a otra dimensión tan terrenal y tan válida como la del hombre o la mujer que tiene otro oficio.

Siempre supe y me sentí identificado con la reseña crítica, pero no la reseña que enfatiza el elemento que solamente se ocupa de decir qué es feo y que es liviano en una propuesta literaria. Yo, sin embargo, busco una manera de develar al sujeto que está implicado en la propuesta creativa. Busco otras cosas a la hora de acercarme al género. La misión en las columnas es buscar lo que está detrás de esa obra y siempre hay algo que ese poeta, ese narrador o ese dramaturgo dice, comunica, revela con novedad, aunque estemos hablando de temas eternos y transitados en la literatura. No me voy por las vías tradicionales de la crítica. En cambio, trato de sintonizar con lo que expone el artista, y me doy a la tarea de hacer esa búsqueda del sujeto artístico en su propia obra.

Hacer crítica y análisis de una obra casi me susurra al oído cuál será el próximo paso que ese escritor dará en el futuro, y eso es algo maravilloso.

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publicado por islanegra a las 15:38 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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