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Revista Isla Negra
Casa de Poesía y literaturas
24 de Enero, 2012 · General

Poeta de encrucijadas

 

KAVAFIS Y SU LECCIÓN POÉTICA

 

 

El griego Constantino Kavafis es un poeta de los que deben acompañarnos siempre. Lo es por todas las razones que pueden cultivar un poeta esencial. Sin embargo quiero destacar básicamente dos de ellas. Una es el dominio sostenido de lo exactamente poético. Esto no se refiere al tema o al uso de un determinado lenguaje. Es algo más sutil y raigal. Tiene que ver con la mirada, la aproximación, la intención descifradora que halla y exhuma lo de interés humano que está agazapado tras lo familiar rutinario. La segunda está dada por el control estricto sobre el arte para componer sus poemas. No me refiero a teorías ni teoremas sino al sentido que dicta la intuición de cómo debe expresarse lo que se siente. Siempre he pensado que la tarea primordial del poeta es encontrar su voz. Tiene que esforzarse por escuchar, entre el coro de lecturas y contaminaciones inmediatas, su propio timbre. Una vez que localiza, define y afina su voz, ya logra la manera que lo distingue.  

 

Cavafis fue un poeta de encrucijadas. Nació de padres griegos en Alejandría, una vez importante centro de la cultura helenística, creció en Inglaterra, vivió en Constantinopla, viajó por Francia y Grecia, de modo que conoció el contexto cultural grecolatino. Reúne en sí mismo lo permanente de una cultura hereditaria y lo versátil de la influencia cosmopolita. Desanduvo el mar y los interiores de la geografía mediterránea. Tal vez por esta circunstancia se abre esa mirada suya desprejuiciada, de amplios horizontes y siempre inconforme con lo recibido, decidida más bien a construir su propio ámbito existencial. Su concepción de la vida era absolutamente personal y se erigía a contrapelo de costumbres y clichés. No admitía la visión histórica consabida, tampoco aceptaba la entronización de un cristianismo ortodoxo que desechara los valores del antiguo paganismo, desafiaba la ética sexual convencional, rechazaba la estrechez de miras del nacionalismo y el patriotismo que manca lo vario ecuménico. En fin, era un humanista demócrata en lo más depurado de la prístina acepción helénica.

 

Varias son las lecciones que puede transmitirnos la obra del autor alejandrino a los poetas actuales. En primer lugar, nos brinda esa sensatez de ir más allá de escuelas y modas para hallar la expresión que se impone al tiempo y las eventualidades. En segundo lugar, nos muestra la utilidad de huir del histrionismo literario, esa pompa hueca que se consume en sus propios humos. Más le interesaba irse al mar en compañía de hermosos jóvenes que sentarse a campanear sobre lo que escribía. Necesitaba encontrar el latido de la vida que se palpa por la experiencia de los sentidos. Y finalmente, para abreviar, considera la virtud de la poesía como una forma de entender y ser en el mundo más que un ejercicio de pedantesca infatuación para inundarlo de cacofónicas páginas.

 

Para Kavafis publicar no era una necesidad principal, sino comunicarse con sus semejantes. La mayoría de sus poemas los imprimió en volantes que regaló a sus amigos. Premios y condecoraciones jamás lo atrajeron. El poema era un modo de cifrar su pasión por la vida. El volumen de su obra no rebasa los doscientos y tantos textos, hasta donde se conoce. No obstante, en ese escueto cuerpo escritural, hay tal densidad, variedad y hondura de significaciones permanentes para el ser humano, que lo convierten en territorio de necesarias revisitaciones y reiterados descubrimientos.

 

En la poética de Kavafis son visibles ciertas constantes expresivas. Sin el objeto de ser exhaustivo (¡líbreme Dios de tal soberbia!) repasemos algunas de cardinal interés. Destacaría en primer lugar la armonización que el poeta consigue entre lo sensitivo y lo reflexivo. Hay algunos criterios que apuntan a la poesía como una obra que mana ante todo sentimiento. Otros consideran que es un tejido principalmente de conceptos esenciales. Sin embargo, pienso que todo buen poeta logra ambas cosas, transmitir ideas y mover los sentimientos. Quizás lo que varíe es el modo de conseguirlo. Mientras unos llegan a la idea a través de imágenes emotivas, otros alcanzan la emoción por el impacto deslumbrante de sus ideas. En Kavafis se da esa rara armonía donde lo sensual de las imágenes, muy concreto y preciso, siempre es portador de ideas que nos deslumbran. Véase el poema «Cirios» (empleo en todos los casos las versiones del poeta José Emilio Pacheco, que me parecen esmeradas, publicadas en El oro de los tigres III, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011) que en otros casos se traduce como «Velas»:

 

Como hilera de cirios encendidos,

cirios dorados, cálidos, vivaces,

se alzan los días futuros.

Los días ya pasaron son en cambio

triste hilera de cirios apagados.

Siguen humeando aún los más recientes

cirios que se derriten y se encorvan.

Miro ante mí los cirios que llamean.

Me niego a contemplar para mi horror

a qué velocidad crece la hilera,

cómo aumentan los cirios ya extinguidos.

 

Obsérvese que solo hay dos imágenes lógicas, o sea razonamientos que refuerzan las imágenes visuales: Los días ya pasaron… y Me niego a contemplar para mi horror… Todo lo demás se arma a partir de la metáfora extendida de los cirios que se encienden y apagan. Ahí se encierra la meditación sobre el tiempo, su fugacidad, el peso del pasado y la incertidumbre del futuro, entre otras posibles disquisiciones.

 

Otro elemento constitutivo del orbe creativo de Kavafis es la vinculación de lo histórico con lo personal. La historia es un sustrato proteico para el poeta en tanto que proporciona imágenes y metáforas que agilizan y solventan eficientemente la creación de sentidos. Este poeta se enraíza en un ámbito donde lo griego y lo egipcio, primero, proseguido por lo romano y lo turco, conforman ricas coyunturas históricas. Kavafis se aprovecha de ellas para presentar sus visiones particulares, en que lo humano y lo ético incluyen también lo político y lo subjetivo. Muchos son los textos donde se aprecia esta conjunción. Un buen ejemplo es «Al regresar a Grecia». Aquí se vislumbra la peculiar situación propia del autor. Dos filósofos, en el barco que los devuelve a Grecia, ante la euforia del capitán por la cercanía de la patria, establecen ciertos reparos. No se dejan ganar por la estricta visión de una cultura única sino que matizan sus sentimientos. No quieren negar una realidad mayor.

 

Somos griegos también,

pues ¿qué otra cosa

podríamos ser?

Pero con gusto y sentimiento asiático,

un gusto y un sentimiento

a veces repugnante al helenismo.

 

Recuerdan cómo se reían de los dignatarios que los visitaban en la escuela, mientras intentaban ocultar su matiz oriental:

 

Qué cómico artificio usan los muy idiotas

tratando de ocultarlo.

Pero eso no está bien para nosotros.

Ante griegos como nosotros ese tipo

de pequeñez no sirve.

No debemos estar avergonzados

de la sangre de Asia en nuestras venas.

Debemos por lo contrario honrarla

y gloriarnos en ella.

 

El poema, que también visibiliza el balance entre lo sensible y lo racional, no solo expone la aceptación de una verdad histórica, el elemento de transculturación que se dio en esos pueblos. También hace patente el rechazo del autor a estrechos nacionalismos y modos usuales de ensalzar cierta cultura en detrimento de otras.

 

Un componente destacado y atractivo de la escritura de Kavafis es la limpidez del discurso. El poeta se atiene a un mínimo de recursos expresivos, lo cual no deja de derivar de cierta influencia oriental. Esto es una gran enseñanza para una parte considerable de la poesía occidental que es a veces abrumadoramente locuaz y retórica más que elocuente y sugestiva. Los poetas a veces nos entusiasmamos con un motivo o idea y empleamos una multitud de imágenes para concretarla, sin añadir nuevos matrices sino solo reiterándola hasta el cansancio. Kavafis nos mete en el asunto con pocos detalles y con el uso de las voces precisas. Nunca se desborda por el gusto de las palabras o imágenes. Tiene un control estricto sobre ellas. Muchos han hablado de pobreza metafórica. Diría más bien conciencia de la medida eficacia de imágenes y metáforas. De entre muchos escojo un poema emblemático, «Ventanas»:

 

En estas tenebrosas habitaciones

paso días de opresión

y voy y vengo

en busca de ventanas.

Cuando se abran

será un consuelo enorme.

Pero no las encuentro o no hay ventanas.

Acaso es preferible no encontrarlas.

La luz será una nueva tiranía:
Quien sabe cuántas cosas va a mostrarme.

 

Compruébese que la sencillez de expresión y la parvedad de elementos no restringen la potencialidad de connotaciones. En este texto se verifica también cierto sesgo simbólico que el autor suele emplear. A fin de cuentas toda metáfora es un sentido que apunta a otro. Kavafis gusta de manejar determinadas referencias simbólicas solo para abreviar el reconocimiento de la situación humana que trata y exponer un significado del modo más iluminador.

 

Un aspecto que tiene que ver mucho con la asunción y manejo de la historia con fines expresivos es su gusto por la parábola. Numerosos poemas kavafianos adoptan esa forma de breve historia humana que ejemplifica una deficiencia de carácter, inteligencia o sensibilidad que no pocas veces conducen al hombre a la frustración cuando no a la aniquilación. Léanse poemas como «El rey Demetrio», «Ítaca», «Esperando a los bárbaros», «Teódoto», «Un viejo». Un ejemplo interesante es su texto «La prórroga de Nerón». Utiliza la figura histórica para exponer su visión de cómo no fiarnos de las subjetividades y considerar siempre el elemento azaroso de las circunstancias. El oráculo le ha dicho al tirano que se cuide de la edad de setenta y tres, de modo que como solo cuenta con treinta, pues se siente cómodo:

 

La prórroga

que el dios le ha concedido

es más que suficiente

para olvidarse de futuros peligros.

Así que se involucra en un largo viaje de placer:

Fiestas en el jardín, teatros, estadios…

Noches en las ciudades de Acaya…

Sobre todo el deleite de los cuerpos desnudos…

 

Sin embargo, el exceso de confianza derivado de una interpretación errónea de los hechos lo pierde. Como en todo símbolo, un augurio hay que leerlo en su duplicidad.

 

Eso cree Nerón. Pero, en la Hispania, Galba

en secreto reúne y ejercita sus tropas.

El viejo Galba

que ya hace tres cumplió los setenta años.

 

La ironía hace cumplir el augurio en el sentido insospechado.

 

Sucede que Kavafis apela a la ironía  la ironía para destacar cómo lo humano no siempre depende solo de la propia voluntad sino del azar de circunstancias que se tejen. Estas pueden estar determinadas por el destino, una mala interpretación de las circunstancias, una desproporción de intenciones o una torpeza del carácter. De cualquier forma, la ironía es como una forma de voluntad supraindividual que gravita determinantemente sobre nuestros actos. Es por ello que el poeta gusta de la estructura epigramática. En todos los casos enfrentamos esta intención de mostrar nuestras vanidades, estupideces o imprevisiones. Textos como «La satrapía», «Troyanos» o «Ventanas», evidencia esta modalidad. Véase «Termópilas»:

 

Honor a quienes en la vida que llevan

definen y defienden unas Termópilas.

Nunca traicionan lo que es  justo,

son coherentes y rectos en sus acciones,

pero muestran también compasión y piedad.

Son generosos cuando ricos,

lo siguen siendo en la pobreza

y dicen siempre la verdad

y no desprecian al que miente.

Aún más honor merecen aquellos

cuando prevén (como muchos prevén)

que Efialtes traicionará finalmente

y que los medos pasarán pese a todo.

 

Pues sí, a pesar de que haya seres virtuosos, a veces la historia la decide un mezquino. Por eso el honor se vierte, sobre todo, a aquellos que saben descifrarlos. Es un poco la visión del poeta que ve tras lo aparente.

 

El centro sustantivo de los poemas de Kavafis puede ser bien una experiencia sensible o una percepción moral que quiere hacer visible. Tal vez de ahí el carácter didáctico que leía en él Brodsky (léase su ensayo «La canción del péndulo»). Pero en Kavafis no hallamos el gusto por aleccionar del poeta didáctico, sino la añeja inclinación del aeda por compartir una idea que considera significativa y enriquecedora.

 

La lectura de los poemas de Constantino Kavafis constituye un ejercicio de hermoso aprendizaje. En ellos aprendemos humanismo, sensibilidad y belleza. O sea, lo que nos sostiene sobre el tiempo que incesante quema nuestros cirios.

 

Manuel García Verdecia, Holguín, 22 de enero de 2012.

 

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publicado por islanegra a las 14:34 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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