Los riesgos de un árbol sin nombre
Elid R. Brindis Gómez
Osadía, es la primera impresión que Odette Amaranta Vélez Valcárcel vierte en su obra Árbol sin nombre (2010), que por sí mismo se deshoja en una arriesgada sucesión de años; años/hojas que no caen sino vuelan y se desvanecen en la perenne memoria: raíz de 1986 hasta la copa de 2009 y luego al infinito.
Pero veamos desde el inicio. El árbol de Vélez Valcárcel cumple el paradigma de Borges: “… la sola manera de encontrar algo es no buscarlo”, con la encomienda previa de la poeta: “En el nombre del padre, / -Gustavo Valcárcel- / del hijo, / -Rosina Valcárcel- / y del espíritu que sucede en nosotros”.
En tan sólo sesenta páginas, rústicamente encuadernadas, nuestra poeta vierte todos sus riesgos: desde un sutil aliento metafísico hasta un subyacente erotismo que atrapa los sentidos en una vorágine contenida, por momentos reprimida quizá a propósito, pues “el amor no está hecho de nociones”.
Hálito y pálpitos son ese riesgo constante que rodea al árbol; una atmósfera entretejida por la autora, con hilos devanados para confeccionar cada parte de su poema/árbol que crece y se expande; tronco y ramas/versos y metáforas. Hálito y pálpitos en contrapunto: “Apágame las flores”.
Y al fin se descubre árbol en “Hoja”: “día que pasa / hoja que cae / silencio creciente / rebalsando mis pies”. A partir de su propia concepción de estaticidad aumentan sus riesgos pues hace que todo gire a su alrededor y retornando a su origen: cada verso/hoja forma un poema/rama que florece y da al lector el fruto/metáfora de su inspiración/árbol. Y empieza de nuevo en el punto de partida.
Ingeniosa. Sutil. Sutilmente avasalladora de emociones. “nunca juncos / lirios”; antes bien, árbol arrasado por un incendio renovador “detrás de las cenizas”; árbol en riesgo, “al borde del abismo”; árbol que flaquea y pierde verticalidad pero con “pulcra insensatez”: “una vaca pasea en mi jardín / vaporosa… / ¿qué haces vaca en mi jardín?”
Vélez, en tanto lenguaje pueril, intenta desmitificarse y subrepticiamente juega a ser contestataria, radical —otro riesgo—: “en Kurdistán las tortugas también saben volar / vuelan alto y a pedazos / en una pesadilla (…)”. Riesgo de la que sale bien librada en forma directa, sin medias vueltas: “bastarda es la guerra”.
Y retorna sobres sus pasos; y en místicos trazos retoma su esencia, la seguridad de la metáfora erotista, la que se desliza por sus dedos y escurre a través de la tinta de su pluma, que no desdeña resquicios para ofrendarla. “leo la biblia / y trato de ser santa / casta entre las doncellas / mas no alcanzo a tragar mi saliva”.
Aunque distrae con el azar, destaca su rasgo primigenio, su poesía conceptual, muy propia, en la que acuña su impronta, y nos lo hace saber sin ambages: “quién / balanceándose conmigo / aguacero a flor de piel / entraña dulce / tu pecho contra el mío / incendio”. Dicho así, no requiere de mayores interpretaciones, pues la figura habla por sí misma.
Fuera ya de intentos, el riesgo desvelado y ubicada nuestra poeta en su exacta dimensión, no escatima recursos retóricos. Ataca de lleno, como evocando el culto fálico ancestral de las tribus originarias, con seguridad, dueña del dominio de los rituales antañones de la raza de bronce.
“me ataca un cuchillo escarlata
mira puntiagudo
violento
atrevido
apunta sobre mi espalda
y ensaya insomnes movimientos
lo imagino cada noche
abierto
provocadora inconsciencia
perfil
indeseable”
Y entonces, el Árbol sin nombre recobra su identidad, la fortaleza de un “roble azotado por un vendaval”. Odette Amaranto se desprende de sus fantasmas conservando el erotismo atmosférico, como la sombra del árbol que protege a la fauna reinante, o, al contrario, la fauna que hace posible la vida del árbol a cuya sombra pervive.
Como un acto de fe, “nada como la brevedad de tus uñas / volteando las páginas de un libro”; satisfecha de analizar la filosofía del “metro cuadrado” que “divide y reina”, nuestra poeta se concede una licencia: “bendita poesía”.
Lima, noviembre 2011.