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03 de Junio, 2012 · General

Volcán y Poeta: homenaje al Comandante Tomás Borge Martínez

 
Por Rubén Berríos Martínez

El Comandante Tomás Borge Martínez partió “más allá de las puertas del misterio”.
 
Tomás fue para mi mucho más que el legendario Comandante Sandinista. Fue mi querido amigo y compadre. Por eso hasta hoy los sentimientos y los afectos no me habían permitido poner en blanco y negro, con justo balance entre razón y emoción, lo que pienso y siento sobre quien fuera el último sobreviviente de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
 
Todos sabemos de su dimensión continental como latinoamericano por excelencia y anti imperialista firme y sin dobleces. Hoy lo recuerdo como el ser humano sensible, afectuoso y solidario.
 
Viene a mi memoria aquella mañana no transparente, más bien opaca de octubre de 1979 en ciudad México. En el hangar presidencial Tomás aguardaba junto a un grupo de líderes latinoamericanos para abordar rumbo a Oaxaca el avión del Presidente del PRI (Partido Revolucionario Institucional).
 
Al llegar a Oaxaca una enorme multitud de las diversas etnias del Estado nos dio la bienvenida. Ese día y los siguientes, culminando no por simple casualidad el 12 de octubre, se fundaría la COPPPAL (Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe).
 
Estaba allí José Francisco Peña Gómez el eterno dominicano, Presidente de la IS (Internacional Socialista) para la América Latina, líder del PRD y voz de su pueblo contra la invasión norteamericana del 1965 a quien el prejuicio le negó la presidencia y a quien tres Presidentes se la debieron; Leonel Brizola, ex Vicepresidente de Brasil y Presidente del PDT; Anselmo Sule, Presidente del Partido Radical de Chile, ex Senador, exiliado luego de su cautiverio en los campos de concentración de Pinochet; Guillermo Ungo, líder salvadoreño también exiliado y responsable mayor de abrir las puertas a la solidaridad de la socialdemocracia europea para con el pueblo salvadoreño en armas -con él Héctor Oqueli luego secuestrado y asesinado-; Víctor Paz Estenssoro, ex Presidente de Bolivia y Presidente del M.N.R.I. Y por supuesto, recién salido de la montaña y las cárceles nicaraguenses, victorioso desde julio de 1979, el Comandante Tomás Borge Martínez.
 
Presentes en el recuerdo también están mis amigos Manuel Colom Argueta y Alberto Fuentes Mohr, los líderes más destacados de la resistencia democrática y progresista de Guatemala que habían participado en los trabajos preliminares del Congreso de Oaxaca y poco antes del mismo fueron despiadadamente acribillados por instrucciones del ejército guatemalteco.
 
Aquella pléyade de prominentes y curtidos líderes latinoamericanos fue convocada por el Presidente más joven en la historia del PRI, Gustavo Carvajal Moreno, cuya visión latinoamericanista y su circunspecta y efectiva labor por los derechos de Nuestra América estoy seguro la historia reconocerá.
 
En verdad nada me acreditaba personalmente para estar entre tan ilustre compañía. Culebra y unos años en el Senado de Puerto Rico era muy poco; y sólo la convicción de los allí presentes de que América Latina no podrá ser verdaderamente independiente hasta que Puerto Rico lo sea, unida a la insistencia de José Francisco de que COPPPAL no podía constituirse sin un representante de Puerto Rico, explican porqué se me extendió una invitación.
 
Fue allí en Oaxaca que comencé a conocer a Tomás.
 
Quizá por mi edad –junto a Gustavo Carvajal, éramos los más jóvenes- o tal vez por las afinidades históricas entre Nicaragua y Puerto Rico (la presencia por muchos años de tropas norteamericanas –no olvidemos que Riggs, responsable de la Masacre de Río Piedras, nos llegó vía Nicaragua- y sobre todo por las colindancias heroicas entre Sandino y Don Pedro), Tomás me mostró desde el inicio un afecto genuino.
Al concluir el Congreso de Oaxaca nos trasladamos a Managua. Cuando se abrió la escotilla el olor a pólvora inundaba el ambiente. Fue la primera de muchas visitas.
 
Posteriormente Tomás me invitó en varias ocasiones a dirigirme a cónclaves de sandinistas y extranjeros. Siempre tenía tiempo para enseñarme su patria. Quería que la conociera toda, desde Matagalpa a Rosita y Durango y desde Puerto Cabezas a Bluefields. También compartimos frecuentemente como vicepresidentes de la COPPPAL en diversos países de Nuestra América.
 
Para mi la leyenda del Comandante se iba convirtiendo en carne y hueso.
 
Nicaragua es tierra de volcanes y poetas. Tomás era ambos. Como volcán era un combatiente que quemaba con su torrente, retumbaba con el trueno de su acción y fertilizaba y fecundaba la tierra de Sandino.  Como poeta era un consuetudinario enamorado, era de aquellos que confesaba no podía ir al cine “porque yo, en el cine, lloro” y era un orador y escritor de luz y de vuelo.
 
Era un ser humano genuino que con candidez casi infantil decía sin miramientos lo que pensaba. Recuerdo una tarde en la calle Del Conde en Santo Domingo cuando tranquilamente tomábamos un café. Uno de esos revolucionarios de boca que abundan se le acercó y le preguntó frente a todo el mundo “Comandante, ¿es verdad que usted mandó a ajusticiar a Somoza en Paraguay?”. Tomás con pasmosa tranquilidad le dijo: “Esas cosas no se preguntan pero si no lo hice, debí haberlo hecho” En otra ocasión me narró con cierto aire de orgullo y satisfacción que teniendo frente a sí a uno de sus torturadores lo perdonó (por años Tomás estuvo encarcelado,  doscientos setenta días encapuchado, de pie, encadenado pendiendo de una argolla en la pared). No en balde escribió “Somos implacables en el combate y generosos en la victoria”.
 
Ese era el Tomás que como Ministro del Interior algunos consideraban “el hombre más temido de Nicaragua”; mientras él respondía que “no se puede amar al pueblo sin ser temido y odiado por los enemigos del pueblo”, y que “quien piense que el fin justifica los medios se convierte en un criminal”.
 
Por supuesto que no estaba exento de defectos, errores y equivocaciones. El mismo lo reconocía. Decía Martí: “El sol quema con la misma luz que calienta. El sol tiene manchas… Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”.
 
En Buenos Aires tuve que acompañarlo durante horas a cuanta tienda de bebé existía para llevarle unos “regalitos” a sus gemelos Sebastián y Juan y a su “hijita” Camila. Era el mismo ser humano que decía que “Ningún revolucionario debe desconocer a Jorge Luis Borges”.
 
Me honró con su amistad y -en frase de Tomás- “no resisto la vanidosa tentación de repetirlo”, haciéndome padrino de Juan. En la Habana increpó en público a alguien por hablar mal de “mi hermano Rubén Berríos”. ¡Cuántas veces lo escuché decir, “A tu amigo, de frente critícalo, a sus espaldas, defiéndelo”!
 
Vino a Puerto Rico en el 1998 para con su presencia solidarizarse con nuestra Independencia. Por razón de que alguien durante una visita de Ernesto Cardenal a Puerto Rico llamó al poeta “lobo vestido de cordero”, las primeras palabras de Tomás al llegar fueron “Aquí llegó el lobo vestido de lobo. Viva Puerto Rico Libre”. Muchos lo recordarán en Guánica marchando junto a Marcela y sus hijos; y luego en la tribuna con su vigor y su poesía el 25 de julio a cien años de la invasión. En La Habana me llevó a casa de García Márquez y al presentarme le dijo: “Quiero que conozcas a Rubén para que siempre tengas presente la Independencia de Puerto Rico”. Más tarde, en el 2006, fue uno de los puntales del Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia de Puerto Rico celebrado en Panamá.
 
Con Fernando Martín fuí a Managua a despedirlo el pasado 2 de mayo. Dieron el último adiós el Presidente Daniel Ortega y el Cardenal Obando y Bravo. Vino a mi mente Martí:
“Iban cargándolo en andas
Obispos y Embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores”.
 
Cargado también de pena y agradecimiento su pueblo conmovido caminando lo llevó a descansar al mausoleo donde yace Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista. Estará allí para siempre junto a su querido compañero. Bien dijo Tomás ante la muerte de su amigo Carlos lo que hoy se dice de él, Tomás “es de esos muertos que nunca mueren”.
 


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02 de Noviembre, 2011 · General

El Vuelo del Dragón y la obra de Manuel Martínez Maldonado

 

En las letras, desde Puerto Rico

por Carlos Esteban Cana

 

Ahora que recién publico la edición de En las letras, desde Puerto Rico dedicada a Olga Nolla recuerdo que la última vez que la escuché fue en el Ateneo Puertorriqueño. En esa ocasión la poeta compartía auditorio con Angela López Borrero (a quien conocí en el grupo Puertas) y con Manuel Martínez Maldonado. Si no me equivoco, Martínez Maldonado conversó esa noche acerca de su novela Isla Verde.

 

Después supe de Manuel cuando se le nombró Presidente de la Junta de Directores del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Y con el tiempo jamás imaginé que trabajaríamos juntos en la directiva del Pen Club de Puerto Rico, una integrada por Juan Antonio Rodríguez Pagán (QEPD), Mario Antonio Rosa, Ana María Fuster, Carlos Roberto Gómez, Martínez Maldonado y este servidor. Indudablemente, con uno u otro de los miembros de esa junta, antes y después, he tenido una relación estrecha. Pero en lo que se refiere a ese año y a ese grupo rector del Pen Club, fue Martínez Maldonado quien demostró más solidaridad y respeto hacia mi persona y mis iniciativas.

Fue Manuel Martínez Maldonado el principal arquitecto de la visita de dos personalidades de la cultura contemporánea española. Hablo de Luis Antonio de Villena, poeta de referencia generacional en la Península Ibérica, y que ha marcado toda una época dentro la poesía española de las últimas décadas del siglo XX, y Francisco Brines, poeta con una vasta obra de corte ontológico que gravita en torno al misterio de la muerte. Publicado por prestigiosas editoriales como Ediciones Cátedra, Brines recientemente fue galardonado con el Premio Reina de Sofía de Poesía Iberoamericana. Los eventos que se realizaron en torno a la visita de estos escritores, eventos que se efectuaron en diferentes partes de Puerto Rico -actividades en las que participaron algunos de los poetas nacionales más importantes- fueron los acontecimientos que mejor representan esa época del Pen Club de Puerto Rico (el otro podría ser el premio por toda una obra que se le otorgó en vida a la poeta Laura Gallego). Y como dije al inicio de este párrafo, fue Manuel Martínez Maldonado el responsable principal de la visita de Villena y de Brines a suelo boricua.

 

Después de esa época Manuel Martínez Maldonado viajó a los Estados Unidos para desempeñarse en labores ejecutivas en el campo de la investigación médica en la Universidad de Louisville. Reconocimiento que se le otorga a personalidades con una brillante trayectoria. Yo desconocía que Manuel Martínez Maldonado era un prestigioso nefrólogo con valiosos descubrimientos en su especialidad y colaborador consecuente en importantes publicaciones periódicas de la medicina. Tampoco sabía que fue crítico cinematográfico aunque alguna vez, cuando yo trabajaba en el Canal 6, pude verle en el estudio televisivo cuando se grababa un episodio del programa En cinta que conducía Rubén Ríos Ávila. 

 

He recibido siempre de Martínez Maldonado una cordial y genuina solidaridad. Recuerdo que entre los pocos comentarios que merecieron las primeras ediciones de este boletín cibernético (que ya hoy se reproduce en diferentes partes del planeta) siempre destacaron las palabras amables y entusiastas de Manuel. Hoy, por todo lo anterior, y con motivo de la publicación de su nueva novela, El Vuelo del Dragón, bajo el sello de Terranova Editores, En las letras, desde  Puerto Rico conversa con el amigo y escritor Manuel Martínez Maldonado. ¡Mucha salud para ti, Manuel! Mis respetos, siempre.


CEC: ¿Por qué un poeta como Tú se lanza nuevamente a la narrativa?

 

MMM: Mis poemas han sido en su mayoría experienciales, anécdotas de mi vida disfrazadas con la ficción que se elabora para hacer literatura. Aunque sobran los antecedentes en la poesía de todos los tiempos y de muchas lenguas, el poema épico se practica poco hoy día, y las historias que quería contar en El Vuelo del Dragón no son amenas a ninguna otra forma que no sea la novela. El amor se presta mejor para un poemario como lo es Novela de Mediodía (Cultural 2003, Verbum 2004), que cuenta una historia sin que se pierda la individualidad de cada poema. Por supuesto, escribí Isla Verde o el Chevy Azul (Verbum 1998), otro libro que, como esta nueva novela, fue de larga gestación. Aquella experiencia, me preparó para escribir este libro. Mi educación como científico e investigador médico me brindó los métodos  investigativos para el estudio del trasfondo histórico y político de la época en que se desarrolla la trama de El Vuelo. También influyó, para que ahora cuente historias largas, el querer que mi poesía esté más cerca de la “poesía pura” de Juan Ramón y dejar la “protesta” (toda novela es “una protesta”) para lo novelístico.    

 

CEC: ¿Cómo contrastas el proceso de redacción de la novela con la creación de tus libros de poemas?

 

MMM: Yo escribió los esqueletos de mis poemas a mano en libretas; en las libretitas promocionales que me dan en reuniones científicas, si la discusión de las conferencias me aburre; en la página en blanco de un libro que me ha dado una idea; en servilletas; en el plano de un museo; en el programa de una obra de teatro o de un concierto o una ópera; en mi Moleskin; hoy día, a veces en mi iPhone; etc. Me aseguro de guardarlos, pero los abandono por un tiempo y regreso a ellos a ponerles sangre y músculo, y, mucho más tarde, y más importante, a ponerles piel. Me refiero a ese proceso no siempre exitoso de buscar la palabra precisa y tratar de eliminar las superfluas.

La escritura de mis novelas ha sido más premeditada. La generación de notas ha sido más formal y estructurada. He construido bosquejos de la trama, he escrito guías y descripciones de los personajes, he construido árboles genealógicos y trascendencias familiares, y eso lo he ido enmarcando en la época, en la historia, con la intención de que el lector llegue al punto que comience a cuestionarse qué es verídico y qué es ficción. Además, por el hecho de que hay un trasfondo político importante en El Vuelo del Dragón, que presenta tanto las pasiones ideológicas que permearon con su combustible la llamarada de la guerra civil española, como las que incendiaron al Puerto Rico de la época de Winship, la persecución de los nacionalistas, y la creación del Partido Popular, he tratado de permanecer lo menos abanderizado posible. He querido dejar que sean los personajes los que armonicen con sus acciones y sus pensamientos sus creencias ideológicas y que le den ellos cuerpo a la trama.

Como te imaginas, ha habido mil correcciones y revisiones; muchos amigos han hecho sugerencias, lectores profesionales (correctores de prueba) y lectores apiadados han probado el guiso y han sugerido condimentos o encontrado ratas husmeando en algunas esquinas. Es un texto extenso e intenso, y, difícil. No por el lenguaje en sí, que me parece muy asequible, sino por sus complejidades narrativas y la ambigüedad ideológica que afecta a algunos de los personajes. Ha sido un proceso arduo, pero apasionante.     

      

CEC: Para beneficio de los lectores de este boletín ¿de qué se trata El Vuelo del Dragón?

 

MMM: Tal vez sepas que el modelo de avión que llevó a Franco desde las Canarias a Marruecos para comenzar la guerra civil española se le conocía como Dragon Rapide. De ahí el título de la novela y que el avión sea un leitmotiv en ella. Dos hombres que son cuñados, uno de izquierdas otro de derecha, están involucrados en las intrigas que se han suscitado en Madrid. Uno participa en el asesinato de Calvo Sotelo, el otro –desde el clandestinaje y la quinta columna- es responsable del sabotaje del polvorín de Lista, en el que mueren numerosos inocentes. Dado por muerto en el asalto al Cuartel de la Montaña por su familia, el derechista, conocido por su alias “Banderilla”, es perseguido por la policía militar. La pesquisa la encabeza su cuñado sin saber la identidad del saboteador. Por razones imperiosas, los principales huyen a Puerto Rico donde se involucran en la política de la isla antes y durante la militarización que en ella ocurrió en los años precedentes a la segunda guerra mundial. Aquí se codean con los gobernadores Winship y Leahy; y las masacres de Río Piedras y Ponce. Las acciones de Hitler y Franco, influyen en sus acciones. Una vorágine de intrigas, espionaje y muertes los sigue por el Caribe y los lleva a Cuba y a la Francia de Vichy durante la ocupación alemana, mientras sus vidas van uniéndose cada vez más con consecuencias sorprendentes

 

CEC: ¿Cuáles son tus influencias como escritor? ¿Desde cuando comenzaste a escribir?

 

MMM: Siempre he sido un lector empedernido. Comencé a leer cuando tenía cuatro años y lo primero que recuerdo haber leído es una serie de libros de cuentos de hadas (creo que venían de España) y el Billiken (una extraordinaria revista Argentina para niños, que aún circula). Los cuentos de hadas (letra grande; oraciones simples) eran orientales, nórdicos y germanos, y estaban ilustrados. Por motivo de esas lecturas y porque en diciembre de 1941 comenzó la guerra mundial contra Alemania y los japoneses, a los cinco años escribí un cuento de cuatro o cinco oraciones (que desafortunadamente se me ha perdido en una de mis mudanzas) sobre un vecino de Yauco en su primera misión como piloto. Era muy escueto y decía (según recuerdo) exactamente lo que había sucedido. Algo así como: Fulano, que vive a tantas casas de la mía y es el hermano de mi amiguita fulana, se fue de piloto, y los alemanes (pueden haber sido los japoneses, ya no recuerdo) tumbaron su P-39 (me aprendí los modelos de los aviones de la guerra y los podía dibujar; hoy recuerdo sólo algunos) y murió. Recuerdo que a sister María Caridad, mi maestra de primer grado, le pareció muy lúgubre.

Pero pasaron muchos años antes de que volviera a escribir algo que no fuera para la escuela. Leía las asignaciones y aprendía poemas de memoria (Rubén Darío, Llorens, Espronceda, Núñez de Arce) y cuando llegué a sexto grado descubrí las Leyendas de Coll y Toste y otras cosas que me daban a leer mi madre y mi abuela. Pero mi primera influencia, algo que hizo decirme “voy a escribir algo así” fue la Llamarada. Ya estaba en octavo grado y leía una lista ecléctica de material variado: La Sombra, Doc Savage, Perry Mason, Ellery Queen, Agatha Christie, comics, novelas “pornográficas”, que eran traídas de contrabando al vecindario por los chicos mayores de diecisiete, tales como La Piel de Curzio Malaparte y La Coquito de Joaquín Belda. Éstas las leía de prisa para llegar rápido a los pasajes salaces. Pero no tardó mucho para que cayeran en mis manos Azorín, Pérez Galdós, Hemingway, Fitzgerald, John O’Hara, que considero uno de los grandes cuentistas del pasado siglo, y, especialmente, J.D. Salinger, que me condujo a comenzar a escribir Isla Verde  (El Chevy Azul), que al principio se llamaba Anoche en San Juan, en 1961, y cuya influencia asoma en el libro de cuando en cuando. Cada uno de estos autores influyó en mí de forma distinta: Azorín por la belleza de sus descripciones, Galdós porque fue mi primer encuentro con la mezcla de historia y ficción en la literatura (no leí hasta después a Walter Scott y a Dumas), Hemingway por su precisión y la ausencia de sentimentalismo en su escritura; Fitzgerald por su estilo y su prosa conmovedora; y Salinger por su comicidad tan triste y real, y su conocimiento de las perturbaciones emocionales de un adolescente. Después, Cervantes, quien me alegro haber leído después de haber cumplido los treinta, Borges, Graham Green, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, DeLillo, William Kennedy, y, recientemente, Aira, Piglia y Bolaño.             


CEC: ¿Por qué escribir? ¿Tienes alguna poética?
¿Un ars poético?

 

MMM: No creo en tendencias del momento ni en “movimientos”. Creo en el deber del artista con su entorno y la sociedad, pero también creo que, a menos que no tenga grandes talentos y sea muy valiente, se debe de concentrar en expresar sus ideas a través de su arte. Mi “ars poética”, si así se puede llamar, es que puedo ser tierno o devastador, y que digo lo que tengo que decir y no me amedrento ante la opinión de muchos o de pocos. He decidido que escribir es una catarsis emocionante y cautivante. Entiende, por favor, que hago estos comentarios desde la perspectiva de un novelista que comienza su carrera, que es cómo me veo. Pero escribir es lo que haré ahora hasta que me muera.

 

CEC: Manuel, tú eres un escritor que se ha codeado con diversos escritores, algunos de la talla de Francisco Brines y Luis Antonio de Villena, quienes visitaron el País gracias a ti… Puedes hablarnos de eso…

 

MMM: Mis viajes como conferencista médico y presentador de mis investigaciones me han traído en contacto con mucha gente en muchos sitios. Pero le debo parte de mis amistades literarias a mi buen amigo Carlos Prieto (hay varios Carlos Prieto, todos familia y famosos, que incluyen un chelista, y un director de orquesta, que estuvo aquí en el Festival Casals, de 2006, si recuerdo bien) un nefrólogo español dedicado a los trasplantes renales, que no sólo es un gran aficionado a la música clásica (como sus primos), sino que es primo carnal de Carlos Bousoño. Con Prieto y su mujer fuimos mi mujer y yo a conocer a Vicente Aleixandre, en Madrid. Allí estaba Bousoño que durante treinta o más años visitó al Nobel casi todos los días. Don Vicente, que hacía poco había recibido el Nobel, fue un anfitrión generoso y de una dulzura indescriptible. Ambos leyeron mis poemas y me alentaron a que publicara; muchos están en La Voz Sostenida 1984. Don Vincente me regaló unos libros autografiados que siempre me acompañan. Mi amistad con Juan Ramón Jiménez fue motivo de conversación porque éste me había sugerido que me fuera a estudiar literatura a Madrid y que me daría una carta de presentación para Aleixandre. ¿Qué hubiera sucedido de haber pasado eso? Nunca se sabrá y, en realidad, nunca lo consideré.

 

De todos modos, la próxima vez que fui a Madrid Carlos Prieto me dijo que estábamos invitados a comer (almorzar) a casa de Bousoño, en las afueras de Madrid, y allí conocí a Paco Brines y a Luis Antonio de Villena. Nos hicimos amigos rápidamente y he seguido viéndolos cuando vistamos Madrid. En otra tarde memorable en casa de Bousoño, también conocimos al gran Claudio Rodríguez, un hombre de una sencillez asombrosa y un poeta del parnaso de la poesía moderna en español. Bousoño, Brines y de Villena vinieron a Puerto Rico dos veces, incluyendo, en el caso de los dos últimos, la vez que mencionas. El estupendo poeta Ángel González había sido compañero de escuela (en el mismo grado, según recuerdo) de Bousoño, y con esa introducción me carteé con González, a quien invité a San Juan y pasamos una semana deliciosa leyendo poesía y tomando Don Q y Barrilito. De paso, Bousoño, González y Rodríguez, han sido galardonados con el Asturias de Letras.  

 

Gracias a mi especialidad, también conocí a Jorge Guillen, quien al final de su vida sufría del riñón, pues fui a verlo con su nefrólogo (amigo mío) en su casa en Málaga. También he conocido a Antonio Colinas en Salamanca y, poco, a Luis García Montero, en Madrid.

 

Lo más importante de esas relaciones ha sido que todos (excepto García Montero; no tenía ningún poema conmigo en lo que fue un encuentro fortuito) leyeron mis poemas con entusiasmo. Me hicieron algunas críticas, pero también hicieron elogios de mi poesía. Los poetas tienen pocos lectores. Saber que uno cuenta entre ellos a poetas como estos es un gran premio para un chico de Yauco, Puerto Rico, que envejece.


CEC: ¿Tienes algún ritual en particular a la hora de acercarte a la página en blanco?

 

MMM: Trato de escribir todos los días, aunque sea una oración. Si no me sale lo que de primera intención era mi meta, me mudo de la novela a un poema, o viceversa. O me voy a algo ya escrito, y lo corrijo.

 

CEC: ¿Qué libros son importantes en tu biblioteca?

 

MMM: Tengo los libros dedicados por excelentes escritores que he conocido personalmente sobre mi escritorio. Además, vuelvo a ellos constantemente, particularmente en el caso de la poesía. No pasan muchos días en que no lea por lo menos una línea de Juan Ramón. Claro, están mis diccionarios y las gramáticas, que me desesperan.  


CEC: ¿Te ocupa en estos momentos alguna nueva creación?

 

MMM: Tengo 73 años y soy paciente de cáncer: voy de prisa, pero con cautela. Me retiré hace año y medio y completé otra novela y he escrito otras dos, además de El Vuelo. Sólo te quiero dar noticias sobre una de ellas que me ha tomado más de 15 años escribir y que trata del caso infame del Dr. Cornelius Rhoads, médico que declaró haber asesinado 8 pacientes y de haberles inyectado células cancerosas a otros 8 pacientes, cuando practicó en el hospital Presbiterano del Condado en 1931. Estoy en proceso de revisarla y trataré de publicarla lo antes posible. Trataré de que no compita con El Vuelo. Por ahora lleva el título La Muerte se Viste de Blanco y es un “thriller” que también incursiona en el tema del mal uso de sujetos humanos para la experimentación médica. También necesitó una gran investigación histórica y la dedicación de muchas, muchas horas de lectura y estudio. Pienso que junto al Chevy Azul, El Vuelo y La Muerte, forman una especie de trilogía puertorriqueña que cubre desde los años 30 hasta los 60. Las otras dos novelas, que están básicamente terminadas, son de mi total invención. Ya hablaremos de ellas a su debido tiempo.

  

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