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10 de Junio, 2015 · General

antologia de César Vallejo en tailandés

El Centro de Estudios Vallejianos, la Embajada del Reino de Tailandia en el Perú y el Instituto Raúl Porras Barrenechea tienen el agrado de invitarlos a la presentación de Antología poética de César Vallejo. Este libro, en edición bilingüe tailandés-español, se ha publicado con motivo de la celebración de los 50 años de la relaciones diplomáticos entre el país asiático y el Perú.
El evento contará con la presencia de la Dra. Pasuree Luesakul, directora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chulalongkorn (Bangkok), quien tuvo a su cargo la edición y revisión del libro. Asimismo, en el evento participarán el investigador Jorge Kishimoto, miembro del Centro de Estudios Vallejianos y el embajador del Reino de Tailandia,  Ruengdej Mahasaranond.
La cita es en el Instituto Raúl Porras Barrenechea (calle Narciso de la Colina 398, Miraflores)  el jueves 11 de junio a las 7:30 p. m.  
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publicado por islanegra a las 18:02 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
03 de Febrero, 2012 · General

Vallejo y Barba Jacob en el espejo del desarraigo

 
Carlos Alberto Villegas Uribe
(con reconocimiento a Laura Ospina)
 
Decid cuando yo muera y el día esté lejano, soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento, en el vital deliquio por siempre insaciado, era una Llama al viento. De esta manera, otro poeta de la angustia, el dolor y el desarraigo, el colombiano Porfirio Barba Jacob, podría reflejar la personalidad atormentada del poeta peruano por excelencia: César Vallejo. Porque de alguna manera, estos hombres eran hermanos, y no solo en poesía; sus rostros angulosos, sus huesos fuertes y una estampa alargada hasta la sombra, les conferían aire de familia.
Abordar Sermón de la Barbarie, poemario póstumo de Vallejo, salvado del olvido gracias al persistente amor de su esposa Georgette, es volver a la poesía profunda del poeta americano.
 Ya en Trilce, César Vallejo hacía sonar las trompetas de la vanguardia en su propio continente, cuyos ecos repercutían en una Europa aún adormecida por las triunfales fanfarrias del modernismo de Ruben Darío y José Asunción Silva. 
Estos ecos modernistas, es necesario acotarlo, aún resonaban en el Vallejo de Los Heraldos  Negros –1918– (Sauce, Medialuz, Ascuas), pero ya el desarraigo empezaba a abrir un camino de salida a esa angustia insondable.
Hay días en la vida, tan fuertes… yo no sé, golpes como el odio de Dios… (Los heraldos negros).
Estos versos aislados en su primer poemario ya portaban el germen de ese  dolor incognito o de ese conocimiento lúgubre y letal que acompañarían al poeta, como bien lo podría haber señalado Barba Jacob.
Trilce –1922–, poemario angular de la poesía universal, profundiza ese dolor intenso de Los Heraldos Negros, e introduce un malestar en la forma y en el lenguaje para instaurar a este lado del Atlántico, la personal vanguardia de Vallejo, precursora de la voz timbrada de Huidobro en su poemario Altazor –1931– otro de los hitos de la vanguardia poética en Occidente.
Trilce es para Vallejo una manera nueva de asumir el verso libre y vulnerar el lenguaje canónico con voluntad de señorío, pero también una conciencia de nadar contra la corriente como lo señalara el libertario José Carlos Mariátegui en el libro 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana –1928–. En el ensayo “El proceso de la literatura”, el Amuata, nombre con el que lo conocen en el Perú, cuenta que Vallejo remitió una carta a Antenor Orrego donde defiende su posición y evidencia su conciencia poética, su voluntad de instaurar, a través de Trilce, una nueva estética en las letras.
 
"El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy más que nunca quizá, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista. ¡La de ser Libre! Si no he de ser libre hoy, no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mejor cosecha artística”.
 
 Trilce constituye entonces la expresión inicial de su desasosiego, de su primigenio desarraigo: la lucha desde la palabra escrita contra ese lenguaje impuesto  que de alguna manera no podía conciliar los ancestros europeos con la sangre milenaria que ascendía por sus venas desde las alturas de Machu Pichu hasta su creciente conciencia universal. Ese primer y principal desarraigo es sobre todo un desarraigo con su tierra, con sus circunstancias históricas, con el propio lenguaje.
 
Sermón de la Barbarie, parecería ahondar en ese desarraigo vallejiano, extremándolo:
 
Yo no soy el único que parte,
de este barro me voy, de mis calzones
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo estoy yo soy el único que parte. (París, Octubre de 1936)
 
Pero en esta oportunidad escribe  desde la conciencia de sentirse desarraigado, ya no de un lenguaje impuesto pero propio, sino desde un lenguaje ajeno, extraño, de sonoridades hermosas pero de realidades inicuas. Un  lenguaje que segrega y hunde en más oscuras profundidades a pesar de su mito libertario.
 
Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá para mi?
ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarme,
y después me iré (La rueda del hambrientto)
 
Vallejo, lejano de su tierra, encuentra en la íntima conversación consigo mismo –sus poemas no son editados como libro, hasta después de su muerte– el reflejo de esa otra patria lejana que, como todo desarraigado, añora, desea, adolece.
El desarraigo tiende puentes a otras partes, quema las barcas, pero deja intacta la orfandad para que se añore el regreso o se valore un pedazo de tierra que tampoco será del desarraigado, ni cuando éste regrese y, menos aún, cuando ese regreso se produzca. Quizás por esta razón los poemas de Sermón de la Barbarie le cobran a la tierra que lo acogió, el despojo históricamente padecido por esa América lejana a la cual él tampoco pertenece. Reclamo  que su militancia ideológica y su conciencia política demandan con persistencia, en compensación por el dolor de todos los despojados.
Esos desarraigos los entiende César Vallejo desde la entraña y por eso, ante la perspectiva de algún improbable regreso, prefiere y predice su muerte en esa tierra ajena pero también suya en el dolor, como cualquier tierra que sus plantas pise. Terrenalidad y añoralgia –añoranza mezclada con nostalgia– pan de cada día del desarraigado, y juego de tiempos y regresos imaginados, como en los versos premonitorios donde hoy será ese mañana que nunca regresa.
 
Me moriré en París con aguacero
una tarde de la cual tengo ya el recuerdo
 
Juegos del lenguaje entre la materialidad y lo espiritual construyendo, dialécticamente, una escalera de significaciones para dejarnos al borde del abismo. Tesis y antítesis que puede llegar a ser síntesis impronunciable en los labios arrobados del lector silencioso, quien apenas intuye un asomo de la verdadera intención del poeta, pero a quien le han sido abiertas las puertas del asombro profundo, inenarrable, ese abismo del dolor compartido, pero apenas enunciado.
 
Consolado en terceras nupcias
pálido, nacido.
Voy a cerrar mi pila bautismal, esta vidriera,
este susto con tetas
este dedo en capilla,
corazonadamente unido a mi esqueleto. (S. T.)
 
Desarraigo de la tierra, de la historia, desarraigo del lenguaje, pero igualmente, como lo ha señalado con propiedad, el también poeta peruano, Paul Guillen, desarraigo de sí mismo, de su propia materialidad, magistralmente expresado en los poemas de Sermón de la Barbarie.
Y de nuevo los grandes vuelven a mirarse en el espejo de las hermandades, porque  César Vallejo y Porfirio Barba Jacob, a pesar de sus distantes latitudes, vuelven a encontrarse en la vidriera de los tiempo y los templos, los mismas angustias, los mismos ojos hundidos, los mismos rostros angulosos y altaneros, los mismos húmeros hendidos parte a parte. Entonces el espejo del desasosiego los refleja en sentimientos para hermanarlos en la palabra, en la conciencia de visiones compartidas, en los incesantes pasos por tierras y latitudes distintas que los acogen a pesar de ellos mismos, de su insondable desarraigo.
Por eso cualquier fragmento de la palabra, cualquier verso, tiene en ese espejo compartido, las propias imágenes del otro. Por esa condición de hermandad profunda, Porfirio  Barba Jacob no solo habla de sí mismo en el poema Futuro, por el contrario parece  retratar con sus versos a ese otro grande desarraigado de América: César Vallejo.
 
De simas no sondadas subía a las estrellas,
un gran dolor incógnito vibraba por su acento,
fue sabio en sus abismos –y humilde, humilde, humilde–
porque no es nada una llamita al viento…
 
Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su sórdido lamento…
 
Era una llama al viento y el viento la apagó. (Barba Jacob, Futuro)
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publicado por islanegra a las 14:35 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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