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18 de Abril, 2014 · General

Literatura de élite versus literatura popular


(El caso de García Márquez y Cien años de Soledad)

 

Adriano Corrales Arias*

 

Muchos años después, frente al pelotón de investigadores y periodistas, el escritor Gabriel García Márquez había de recordar aquella noche remota en que Franz Kafka lo llevó a conocer el hielo. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, por eso Alvaro Mutis, a sabiendas de ello, le presentó de golpe al otro personaje que habría de ayudarle a reescribir la historia: Juan Rulfo. Y así, con Pedro Páramo desplegado y a cuestas, despejó el panorama hasta lograr referirnos la increíble y triste historia de Macondo, produciendo ese fenómeno conocido como Cien años de Soledad.

 

Sin embargo, y según ciertas leyendas urbanas, pareciera que  algunos escritores, como Jorge Luis Borges y sus adláteres, consideran la novela de Gabo como una simple recopilación del folclore colombiano, específicamente caribeño, por extensión latinoamericano. Dicho de otra manera, para algunos estudiosos, escritores e intelectuales, la novela no alcanza la calidad ni el rigor de una verdadera obra literaria, incluso muchos pronostican que dentro de 50 años nadie recordará al autor y sí al mismo Borges y a Rulfo, para colocar dos ejemplos de una larga lista.

 

La polémica abarca más y se extiende desde los años cincuenta del siglo pasado. Ciertamente el Realismo mágico, o lo Real maravilloso, está agotado. Su ciclo, que produjo obras rotundas como Hombres de maíz o El señor presidente de Miguel Ángel Asturias; Ecue-Yambe-O,Los pasos perdidos, El reino de este mundo  El siglo de las luces de Alejo Carpentier; Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri; o casi toda la obra garcíamarquiana, se ha cerrado dando paso a un abanico de posibilidades narrativas que se abre hasta lo que algunos denominan  luxaciones posmodernistas, muy cercanas al collage, el happening, el vídeo, el zapping, el pastiche y el panfleto.

 

Pero ¿qué es el Realismo Mágico, o lo Real Maravilloso? Alejo Carpentier, desde el Surrealismo, y en contraposición con el mismo, definió al segundo como la creación de un mito americanista y barroco; García Márquez, desde su colombolatinoamericanidad, delimitó al primero como un “realismo desmesurado” donde el mito es destruido por la historia. Más allá, o más acá, de ambas definiciones, la academia hispanoamericana, especialmente la española, intentó definirlos desde ambas perspectivas, pero siempre con la incómoda postura de quien sabe que llegó tarde al convite.

 

La confusión teórica-metodológica, o propiamente estética, procede de la asimilación del Realismo Mágico, o lo Real Maravilloso, con la Nueva Novela Latinoamericana (el boom de los sesenta/setenta), y del sospechoso concepto sobre lo desmesurado y fantástico de la realidad (identidad) americana frente a lo europeo. Así, se quiso embutir en un solo saco a novelistas que comparten franjas temáticas y hasta de estilo en algunos momentos, pero que son diametralmente opuestos en el abordaje estético, caso de Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Amado, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, para mencionar a los relevantes del boom. Como se sabe, la “nueva novela” latinoamericana transitó, y transita, por diversas autopistas ideo estéticas y no solamente por elRealismo Mágico o lo Real Maravilloso, como aún suponen algunos lectores y críticos europeos. Piénsese en precursores como Rafael Arévalo Martínez en Guatemala, Roberto Arlt, Filisberto Hernández o el mismo Borges en el Río de la Plata, para no mencionar a Cabrera Infante, Lezama Lima y  Severo Sarduy en Cuba, entre muchos otros.

 

Esa confusión es lo que, probablemente, gestó la flema borgiana, aunada a la vieja pugna entre cultura de élite (lo conocido recurrentemente como “culto”) y las culturas populares. La opción borgiana por la metafísica, la circularidad del tiempo y el mito del eterno retorno, así como la célebre polémica de su grupo de Florida contra el de Boedo, lo previnieron ante una literatura que se enriquecía de las culturas populares y de sus mitos, aunque en algunos de sus cuentos y poemas las aprovechara. Agreguémosle a ello la no disimulada percepción, en algunos círculos, de que Gabo no es un “intelectual”, sino un escritor-reportero, por tanto un personaje de “medio pelo”, a pesar de su apabullante éxito editorial y de su Premio Nóbel. O, a lo mejor, el mismo éxito le granjeó esa predisposición de intelectuales y escritores tipo Borges. Es decir, la siempre antigua y renovada polémica entre lo culto y lo popular (o entre un arte “auténtico”, “puro”, y un arte contaminado o híbrido) se tiñe también de esos preconceptos y suposiciones. Y aquí es donde sobreviene la verdadera discusión.

 

En mi primer año de universidad, en Humanidades, practiqué un análisis de El otoño del Patriarca, la novela más pretenciosa y experimental de García Márquez, cuya polifonía me causó no pocos dolores de cabeza. Aún no había leído Cien años de soledad por lo que me arriesgué a hacerlo. Mi primera sacudida, además de una extraña fascinación, consistió en que, de alguna manera, algunas de esas historias ya me las sabía, al menos alguien me las había contado pero de diferente manera y con diversos personajes. A medida que avanzaba en la lectura, repasaba los cuentos de aparecidos y de sustos que mi madre nos contaba en mi lejana infancia sancarleña, y recordé entonces a los campesinos que se reunían por la tarde en la pulpería-cantina de mi padre a contar historias de esa estirpe, como la mata de yuca que sembró uno de ellos (En Marsella de Venecia de San Carlos) y creció tanto que, tratando de seguir una de sus raíces, cavó un túnel que fue a desembocar en pleno centro de Ciudad Quesada. Don Erlindo Arias era uno de esos copleros y contadores de “yucas” (exageraciones) conocidas en Guanacaste como “tallas”, especialista en un realismo popular tan desmesurado como el que exhibía García Márquez.

 

Asimilando un poco más la novelística garciamarquiana, caigo en la cuenta de que, al menos Cien años de Soledad, no es más que la estilización de aquéllas “yucas” y cuentos de aparecidos escuchados con embeleso y terror en mi infancia, hilvanadas por la maestría de un gran narrador. El mismo Gabo lo ha reconocido al confesar que la novela no es más que la recreación de las historias que le contaban sus abuelos allá en Aracataca, su pueblo natal. La fábula se asienta sobre  la rica y plural tradición oral de nuestras culturas populares, en su caso la de la costa caribe colombiana, región donde convergen variadas formaciones culturales y lingüísticas. Y esa es su verdadera riqueza.

 

Contrario a la narrativa fantástica, metafísica, de “pantalla chica” o experimental, la cual debe acudir básicamente a la capacidad intelectual y a la pericia imaginativa del autor, o a una mitología reconocible por el lector, el realismo garciamarquiano bebe en las fuentes inagotables de las culturas populares, imbricándolas con la Historia que a veces irrumpe violentamente desde el exterior destrozando el mito, caso del establecimiento de la compañía bananera en Macondo. Allí estriba la magia de una novela como Cien años de soledad: esas cosas extrañas que se nos narran no son exactamente la fantasía: el autor les impide ser fantásticas al tratarlas como si fueran cosas comunes y corrientes. Pareciera que estamos frente a frente con el narrador pues la novela tiene un alto grado de espontaneidad y su estilo es directo y conciso, justo como en la tradición oral. Todo ello con un certero humor y sin mayor pretensión que enganchar al lector para que se involucre en las acciones del mundo narrado.

 

García Márquez parte de la realidad sociocultural de su entorno para construir una metáfora latinoamericana que, a fuerza de verosimilitud escritural y de un origen que se hunde en las raíces de la cultura humana, adquiere significado universal. Cien años de soledad está en la preconciencia del pueblo latinoamericano y de la raza humana, porque se nutre de la oralidad popular y se apropia de matrices que trascienden fronteras y significados, debido a una enjundia narrativa reconocible en cualquier sitio. Así, son muchas la personas (como en el caso de La Biblia - que según García Márquez es la mejor novela que se ha escrito-, Las mil y una noches, La Iliada, El Quijote o el Ulises de James Joyce, para mencionar algunas cumbres de la literatura universal), que pueden hablar largamente sobre la novela sin nunca haberla leído. El argumento o fábula, más allá de su riqueza narrativa, la trascienden convirtiéndola en historia colectiva, en símbolo abierto al imaginario popular de todo un continente y de la humanidad.

 

Aquéllos que vaticinan corta vida a esta novela emblemática de la literatura hispanoamericana del siglo XX no han reparado en su poder mágico trascendente: procede y acarrea materiales populares altamente sensitivos que se intercalan y entrecruzan con las formaciones socioculturales y lingüísticas más significativas del planeta. Por supuesto, siempre habrá lugar para la edición lúdica y fantástica de un Cortázar, la precisión imaginativa de un Rulfo, la fuerza onírica de un Onetti, la épica maravillosa de un Carpentier, la dicción profunda y magistral de un Roa Bastos, la profundidad intelectual y metafísica de un Borges o el barroco estilizado de un Lezama Lima, para no ir más lejos. Pero no hay duda de que García Márquez perdurará como narrador más allá de sus propios libros, porque ya se ha instalado en el corazón del imaginario latinoamericano y de la narrativa universal.

 

La polémica, ficticia o auténtica, continuará por otros medios, con otros matices e interlocutores. Nuestra narrativa irá enriqueciéndose con nuevos aportes y nombres porque el mundo de la literatura es plural, ancho y ajeno. Pero la cosmovisión latinoamericana ya no podrá desterrar ese libro mítico escrito por un costeño nacido en Aracataca.

 

 *Escritor costarricense.

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04 de Diciembre, 2012 · General

poesía de Costa Rica

 

SAMSARA

(Poesía de Adriano de San Martín, BBB Producciones, 2012)

 

Por Mía Gallegos*

 

“Uno no es uno/Sino la suma de los otros/Resumidos en el retrato/De lo que se ha ido”. En este fragmento parece sustentarse buena parte del credo poético de Adriano de San Martín en su libro Samsara. El poeta se refiere a la circunstancia de que en un solo ser se engloba la totalidad, la suma de la especie humana, donde convergen, de manera torrencial, las culturas, las costumbres y los paisajes del mundo contemporáneo. Y si bien la palabra Samsara, que le da nombre al poemario, proviene del sánscrito  y dentro de la religiosidad hindú alude a “la rueda de la vida”, el libro no se centra en un espacio geográfico determinado, sino que más bien el poeta se sitúa en distintos espacios que describe y que van mostrando muchedumbres, lugares en donde las gentes se aglomeran. Y es que “la rueda de la vida” en su eterno girar nos convierte a todos en partícipes y expectantes de una realidad que se comprime debido, en parte, a las nuevas tecnologías. Así todos estamos vinculados, querámoslo o no.

Lo que señalé en líneas anteriores es solamente una de las vertientes que confluyen en la creación de este poemario. Y aquí cabe detenerse en los primeros versos, en donde el lírico indaga sobre el origen, pregunta básica para saber quiénes somos y para encontrar nuestro sitio en el cosmos: Adviene el ciclo./Nuestra energía, entonces, como ahora, estuvo reunida./ La palabra era genésica, piel de oliva. / Un susurro./ Sin embargo, musicalizaba:/Circular asciende, en caracol gira, se destrama en polifonía. / Regresa, se abre, se sacude, como aullido en algarabía. / La multitud escucha, interroga alrededor de la hoguera. Alucina. /En el bosque germina la semilla de un planeta posible.

Es preciso detenerse en este poema, que se intitula Salutación y Génesis para descubrir la importancia que le da Adriano a la energía como fundamento de la creación y a la palabra como precursora del génesis.  Esa expresión también es un susurro y un canto y en dicha salutación aparecen las formas circulares representadas aquí por el caracol.  Al parecer en este texto se sugiere la noción de la rueda de la vida que le da título al poemario. Mas este nacer, este encontrar el inicio de lo originario está poblado por una multitud.  Precisamente esta presencia de seres humanos recorrerá  buena parte de  el libro. ¿Será que el poeta quiere decirnos que todos estamos inmersos dentro de esa poderosa energía que rueda y rueda sin fin?

Me referí al inicio a la presencia de los diferentes entornos por los cuales el poeta nos lleva en una suerte de periplo.  Así que me detendré junto a él para visitar San Francisco. Este recorrido es, en realidad, un viaje que se realiza a través de la música de los años sesenta y más allá. El poeta realiza aquí una nostálgica rememoración de esa década porque la ciudad ha cambiado. Al leer los poemas, creo reconocer la ciudad estadounidense y los años de juventud del hablante, quien nos permite seguirlo al compás de la música. Se aprecia la influencia de los escritores “beatniks” Kerouac y Allen Ginsberg y todo el ambiente que se respiró en Woodstock. Aquí aparece la figura de la madre, quien no comprende esa suerte de escándalo que para el joven quinceañero representan las melodías de entonces. La fuerza de esta sección del libro se sustenta en las descripciones. El poeta está descubriendo un mundo, lo ve pasar frente a sus ojos.  De nuevo aparecen en estos poemas, las gentes que viven en un medio cosmopolita: En tranvía, trolebús, metro, bote o velero/se arremolinan gentes de todo el mundo/la algarabía se expresa en múltiples idiomas/el derroche es desmedido…

Los poetas futuristas del siglo pasado incorporaron las máquinas a la poesía.  En el caso de la poesía de Adriano, estas aparecen descritas como un entorno que alude a la velocidad, a lo inmediato e instantáneo: las gentes pasan de prisa.  Y, en ningún caso, el poeta nos dice qué piensan, qué hablan estas personas… Tampoco nos dice qué ocurre dentro de la mente del joven vigía de un ambiente espectacular y desmesurado. Tan solo nos deja la nostalgia de un tiempo en el que la juventud surgió sonoramente, marcada, entre otras situaciones, por las luchas estudiantiles, por la negativa de los jóvenes a participar en la guerra de Viet Nam y el escándalo de Watergate que removió a los Estados Unidos. Es importante observar, asimismo, que todos los idiomas están mezclados. ¿Es una alusión a la Torre de Babel? Estas preguntas las deben contestar los lectores cuando se den el gusto de leer este poemario de confluencias: estamos todos inmersos en una rueda que gira, los pueblos y los habitantes nos acercamos, quizás en demasía.

Tal y como lo señalé al inicio, a través de la lectura del libro, el poeta nos hace visitar distintos escenarios.  Podemos ver la presencia de lagos, como el Cocibolca de Nicaragua, el Blue Lake, la laguna del Arenal y otros que pertenecen a Rusia y a países de América Latina. El poema que cito es Frente al Lago.  En realidad el poeta lo que nos muestra es el acto de la contemplación, no importa en cuál región del mundo se presencie el movimiento de las aguas, pueden tenerse estas sensaciones en cualquier región, en cualquier latitud. Y aun cuando el poeta no suele utilizar el “yo” para poner de relieve distintos estados anímicos, vale la pena destacar el siguiente trozo: se percibe la quietud del milagro que acontece/ cuando el hombre se compenetra con su propio yo/que es la misma naturaleza al ritmo de otro sol. Vale la pena detenerse porque se percibe una cercanía con la tradición del zen, esa cosmovisión en la que el ser es parte de lo absoluto. En ningún caso, el hablante menciona su punto de vista, se limita a describir uno o diversos ambientes y el yo se adentra y forma parte de la naturaleza. En este poema de carácter contemplativo, se expresa una meditación en torno a la condición de colonizados, hecho que nos ha tocado como destino común a los habitantes de distintos continentes. Transcribo el siguiente fragmento: Fueron exterminados/ por la ira de otros hombres/ venidos de lejos/ ávidos de riquezas y metales. Sin embargo, el poema no termina ahí. La rueda de la vida, en su cambiante naturaleza (un ciclo acaba y otro comienza), hará que un niño de inicio al ciclo de todo lo viviente. El poema termina con la esperanza, con el renacimiento: Es la imagen imprecisa/ para el poema/ que escribirá un niño/ sentado a la orilla de un río/donde retozan la presencia y el olvido.

En otros poemas se hace referencia a los Estados Unidos, se alude a la poesía de Allan Ginsberg y con ironía se refiere a ese país y a sus costumbres, en especial al consumismo y a su modo de vida.  Además, se pone de manifiesto lo que significa para los latinos que han migrado, el famoso sueño americano. Un poema digno de mencionar es Cumpleaños.  El lírico habla de los excesos tras una fiesta. Alude al desorden y al caos de la existencia.  Como el final del poema encierra una crítica al medio, lo transcribo a continuación: Pero nadie como el/ ketchup o las mayonesas/ Dejó rodar algún comentario/Sobre lo irracional y breve de toda biografía. El texto se refiere a la liviandad con que se vive en la hora actual, en donde la comida ligera también apunta a una existencia signada por lo transitorio, en donde no parece tener cabida el pensamiento. Al contrario de los poemas citados en párrafos anteriores, en este poema, aparece Adriano hablando en primera persona. Nos muestra un yo lírico desencatado con la realidad, con el momento, con la perennidad de la vida. Y es que en la mayor parte del libro,  hay una crítica mordaz y lúcida al mundo capitalista. Por ello, en algunos momentos nos muestra otros entornos, como el de su familia campesina, en donde la presencia de las gallinas y el oficio que realizan sus miembros contrasta con la levedad con que se vive en las ciudades. El poema intitulado Cow boy, precisamente establece el contraste de culturas: Esto puede ser California o Texas,/Arizona quizás, Nevada o Iowa tal vez:/los picos plateados, el horizonte,/la cerca, la silla, la cuerda,/el jeans y el sombrero del cow boy que dispara humo a través de la ventana/ de la tv allá en Villa Quesada.

Este poemario fue escrito por un autor que se muestra crítico frente al mundo actual. Desde un punto de vista que se sitúa en la cotidinidad, el discurso poético va describiendo lugares y paisajes como si un ojo mordaz y examinador quisiera corroer esa suerte de liviandad en la que nos ha tocado vivir. Cierto prosaísmo en la estructura de los versos recuerda la buena poesía que se cultiva en Nicaragua y en otros países de Centro América y el Caribe. Hay en la poesía de Adriano una búsqueda dentro del exteriorismo, esta característica es poco común en nuestro medio.  De manera que el libro también rompe estructuras; plantea nuevos puntos de vista, pero, sobre todo, no nos endulza, muy por el contrario, nos llama al despertar, a la lucidez y a mirar la realidad con caustíca ironía.

 

*Poeta costarricense

 

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21 de Diciembre, 2011 · General

La poesía: Profesión u oficio?

Adriano Corrales Arias

El poeta es un ser marginal, o, para que se entienda mejor, está al margen, en la frontera. Desde la Grecia clásica se le expulsó de la Res-pública. Su oficio no está sancionado por el sistema, por eso nunca vemos en los anuncios y clasificados de los periódicos: Se necesita poeta. La empresa x requiere los servicios de un poeta. Al contrario, muchas veces los poetas deben pagar para publicar su trabajo y en los últimos tiempos de la globalización, en un descaro posmoderno inusitado, hemos visto cómo hasta se le cobra para leer. Por esa razón, y en cualquier caso, el poeta es un disidente.

Por supuesto, hay muchos versificadores que piensan que la poesía es una actividad que da prestigio y nivel de vida (aparte están las señoras y señores que ya tienen buen nivel de vida y escriben versos para ocupar su tiempo libre). Son los eternos concursantes en los certámenes de poesía, los activistas de asociaciones, editoriales, ministerios y grupos de poder que les pueden prestar “apoyo institucional” como una plataforma hacia la celebridad, la publicación, los premios y las gratificaciones editoriales. Allí, en esas agrupaciones, generan sus grupitos de amigos con el abrazo cómplice, la palmadita oportuna o el guiño sagrado para negociar puestos en juntas directivas, jurados, academias, y traficar influencias hacia el próximo premio o evento internacional, e inclusive gestionar alguna casilla en una papeleta electoral. Me apresuro a señalar que, desgraciadamente, y dadas las condiciones ya mencionadas, muchos poetas deben acudir a los certámenes como única posibilidad de publicación y de autofinanciar su trabajo. Pero, para desgracia doble de ellos, muchos de esos premios ya han sido negociados por aquellos versificadores.

Claro, el poeta es un ciudadano común y corriente. Esto es lo otro que se le escapa a mucha gente. El poeta no es un iluminado ni un maldito, nos es un ser especial solamente por el hecho de escribir poesía. Sería especial, en todo caso, por su humanidad intrínseca, es decir, por su honestidad, su insobornable entereza intelectual, su ternura, su valor, su generosidad, su solidaridad, su amistad y compañerismo, y, obviamente, por su misma poesía; valores y actitudes reñidas con la actual era de mercado donde todo se vende y se intercambia como simple mercancía. Por ello el ciudadano / poeta tiene los mismos deberes y derechos que otro ciudadano, digamos el carpintero, el carnicero, el aviador o la maestra. La diferencia esencial es en cuanto a su ocupación, a su oficio. Debe poseer la plena conciencia de que su trabajo no se vende ni se intercambia, y que para sobrevivir debe tener otra ocupación que le proporcione un salario digno, a no ser que tenga la posibilidad de un mecenas o la autoprotección económica, como nuestro gran Max Jiménez.

Ernesto Sábato dice (la cita no es exacta, pero la idea sí), refiriéndose al escritor en general, que su deber es escribir, para ello no importa que deba trabajar como obrero, como empleado de un banco o asaltar el mismo banco, pero, a toda costa, debe escribir, y escribir bien. Lo que importa es que el poeta, consciente de su labor, debe saber que la misma tiene un valor en sí misma más allá del valor de cambio y del valor de uso. Porque la poesía no es un coto privado, es una instancia, un ámbito de la vida, un espacio para compartir. He ahí su trascendencia: se escribe porque no hay otro camino más que decir y compartir con los otros mi rabia, mi odio, mi amor, mi locura. Y he ahí también su diferencia: ser poeta no es una profesión que se escoja, es una vocación que se trae, es una necesidad ontológica. Por eso en ninguna facultad del mundo ni en ningún taller literario se pueden “hacer” o graduar poetas.

La poesía es una necesidad en doble vía: el poeta necesita decir, pero también comunicar, de allí su compromiso con la palabra, porque la gente necesita de la poesía; sin poesía no se puede vivir. Igual que un arquitecto y un ingeniero, quienes deben poner todo su conocimiento y talento al servicio de la obra para que ésta sea sólida y no colapse al primer sismo, pero a su vez sea cómoda, iluminada, fresca, habitable; el poeta tiene el compromiso de entregar un producto riguroso y estéticamente bien elaborado. Ese “producto”, como lo señaló Ezra Pound, es un “complejo intelectual y emotivo en un instante temporal”. La presentación, o representación si se quiere, de ese complejo conlleva un arduo trabajo con el instrumento de expresión, con el lenguaje. La responsabilidad del poeta consiste en dominar a la perfección ese instrumento, como cualquier artesano u obrero calificado. Del dominio de ese instrumento dependerá esa sensación de súbita liberación, ese golpe ideológico/emocional, esa condición de repentino crecimiento que experimentamos frente a una verdadera obra de arte. Por supuesto, detrás del manejo de ese instrumento deben estar la intuición y la lucidez que conforman lo que denominamos talento. Pero bien sabemos, citando de nuevo al maestro Pound, que “la maestría en cualquier arte es obra de toda una vida”.

Regresemos al principio: el poeta está al margen, en la frontera, mejor dicho, el poeta es un ser marginal, disidente. Esta definición precisa de una aclaración necesaria: ser marginal, o estar al margen, no significa necesariamente estar en precario, o en la extrema pobreza, como podría pensarse, aunque muchos grandes poetas lo estuvieron y lo siguen estando. El significado que tiene dentro de esta concepción es que el poeta no está en el meollo del asunto. El meollo del asunto, ya lo apuntamos, son las grandes editoriales, los premios y reconocimientos, las portadas de revistas y periódicos, las cátedras universitarias, las asesorías de prensa, las becas internacionales, los cargos diplomáticos, los reacomodos en juntas directivas y en instituciones gubernamentales, etc. Y cuando le otorgan un premio, si es que se lo otorgan, o lo becan con un puesto diplomático, o con un espacio académico, sabe perfectamente que lo hacen para controlarlo más de cerca, o para cooptarlo, y seguramente utilizará esos recursos para conocer mejor las entrañas del monstruo y, por supuesto, para mayor tranquilidad de su obra. El poeta sabe, aunque a veces intuitivamente, que el sistema, sin quererlo, crea cuervos.

En fin, el poeta no está en el centro de la pantalla ni en el clic de la fotografía. Pero no estar en el centro le permite una visión periférica que le abre el panorama ampliamente. Estar al margen le permite deambular por los círculos del poder sin comprometerse con los príncipes, ni recoger migajas del pastel; le permite entrar y salir a las agrupaciones, academias, empresas e instituciones, diciendo lo que debe decir con la frente en alto porque no vende ni compra nada, es decir, no le debe nada a nadie, a no ser a su propia conciencia. Estar en la frontera es el privilegio de tomarle el pulso al trasiego de su gente, al tráfico de imágenes y conflictos inéditos, al tráfago de los sueños y esperanzas de los excluidos, hasta ahora, como él. Pero igual le permite reconocerse en los demás, en quienes también, desde la periferia, buscan un sitio más digno y humano dentro del sistema, en quienes impugnan la servidumbre y el aparato de “vigilar y castigar”. Y con ellos se solidariza y aprende que la poesía es vida haciéndose historia. Y por eso asume con luz propia la voz ajena y la hace suya, es decir, del otro, de los otros. Y si es necesario levanta barricadas para defender esa voz colectiva. Y dispara palabras como el camarada máuser. Así el poeta, desde la periferia, también es un franco-tirador.

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28 de Noviembre, 2011 · General

Costa Rica (la agonía del Arte?)

la extinción de un monumento escultórico

Por Adriano Corrales

 Poco a poco los asuntos de la cultura y del arte van transformándose en deshechos, sombras de la nada. Veamos: Don Francisco “Paco” Zúñiga el gran escultor mexicano, entre otras razones, decidió marcharse de su natal Costa Rica en 1936 por el poco apoyo que se le brindaba al arte, específicamente al escultórico. Y porque el medio aldeano no comprendía su propuesta estética de ruptura.

Mucha razón llevaba don Paco, tanta que logró, en un espacio más propicio para su bullente creatividad, y a contrapelo de los detractores nativos, convertirse en el reconocido artista que hoy todos admiramos, nacional e internacionalmente.

Como si la historia se repitiese tragicómicamente, según postulaba el nunca bien ponderado don Karl Marx, parte de la escasa obra del maestro Zúñiga que alberga nuestro país, especialmente la pública, se encuentra olvidada, o a la sombra, mejor dicho arrinconada, por el monumentalismo egolátrico de algún “creador” contemporáneo. Entre ella sobresale el conjunto escultórico  Monumento al agricultor, asentado en el Parque del Agricultor de la ciudad de Alajuela, casi frente al Aeropuerto Internacional Juan Santamaría.

Mutilada, pintarrajeada, grafiteada, rodeada de charcos y charrales y a punto de ser desmantelada (ya le amputaron un brazo y un dedo a la figura femenina), dicho conjunto, componente del imaginario artístico nacional, pareciera resistirse estoicamente antes de ser defenestrado para siempre.

O para graficar mejor, tal y como sentenció la escultora Leda Astorga: “El monumento está en profunda concordancia con el estado actual de la agricultura en nuestro país”. La denuncia sobre tan lamentable estado del conjunto escultórico se ha realizado por varios medios. Se ha emplazado a los supuestos responsables:

– El Consejo Municipal de la Municipalidad de Alajuela alega que le “cedió” el parque al Club de Leones, que no le da mantenimiento ni vigilancia.

– El Museo de Arte Costarricense aduce, razonadamente, que la escultura no forma parte de su colección y por tanto poco puede hacer. No obstante, ofrece asesoría técnica para restaurar las piezas, otorgarle mayor seguridad o trasladarla.

La pelota va y viene. Y nada sucede. Como casi todo en este país. Mientras tanto, el monumento de bronce seguirá “desapareciendo” hacia las chatarreras o las fundiciones de metal.

Me pregunto: ¿qué opinan la comunidad alajuelense y nacional? ¿Qué piensa la familia de don Paco, parte de la cual vive en Alajuela y son artistas también? ¿Dónde están las autoridades del Ministerio de Cultura y/o de Educación? ¿Dónde los artistas, los intelectuales, las universidades?

Siguiendo la línea de pensamiento de la escultora Leda Astorga, no hay duda de que el estado actual del Monumento al agricultor, obra del maestro de maestros Paco Zúñiga, es fiel reflejo de la Costa Risa neoliberal y transnacionalizada.

Ante la cocalización de la cultura y la macdonalización del arte, el patrimonio artístico y el quehacer cultural se convierten, si no en mercancía para elites, en elementos desechables para la maquinaria posmoderna y su omnipotente y deslocalizado mercado. La obsolescencia del arte público corre pareja a la infraestructura vial e institucional. Y a La Res-pública.
¡Viva la dictadura en democracia! Enjoy!

                                                                                    Adriano Corrales es poeta y escritor.

Fte: http://www.surysur.net/?q=node/18010

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19 de Octubre, 2011 · General

Adriano Corrales en Tegucigalpa

 

El Doctor Adriano Corrales Arias (poeta, ensayista, gestor cultural) sostuvo su tesis de doctorado en la Universidad de Costa Rica. Tema central de  la misma consistió en una investigación sobre la creación escénica de nuestro compatriota Rafael Murillo Selva.

De esa tesis se derivó un libro, el cual será presentado por su autor en Tegucigalpa:

· Martes 25 octubre / Escuela Nacional de Teatro / 3:00 pm

·Miércoles 26 de octubre / Foyer del Teatro Nacional Manuel Bonilla / 6:00 pm

· Jueves 27 de octubre / Universidad Nacional (UNAH) – Sala Padre Trino / 9:00 am

 

Previo al lanzamiento del libro, el grupo teatral de la UNAH presentará la obra

Estampas de un pueblo minero o Un árbol que cuenta historias

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30 de Septiembre, 2011 · General

Adriano Corrales Arias

 

 prepara lanzamiento de libro de ensayo

 

“TEATRO, COMUNIDAD, LIBERACIÓN E INTERCULTURALIDAD”

Está basado en una investigación doctoral del autor

 

 

El escritor costarricense Adriano Corrales Arias se prepara para presentar su primer libro de ensayo, la editorial Arboleda es la responsable de la edición. Se trata de Teatro, comunidad, liberación e interculturalidad, libro basado en la tesis doctoral del autor realizada en la Universidad Nacional (UNA). La investigación se inscribe dentro del teatro popular centroamericano, específicamente en el proyecto artístico del teatrista hondureño Rafael Murillo Selva-Rendón.

 

¿Por qué un teatrista hondureño?

 

 Según afirma el autor, Adriano Corrales Arias, “Luego de una búsqueda de proyectos teatrales populares en la región centroamericana di con el quehacer de Murillo Selva- Rendón en Honduras, aunque empezó haciendo teatro en Colombia (es miembro fundador del célebre grupo La Candelaria) y en otros países tan lejanos como Sri Lanka, quien me impactó por su novedoso trabajo con actores no profesionales que, sin embargo, realizan un teatro de una factura muy profesional, pero además con un alto componente identitario y de resistencia cultural. Su experiencia con la etnia Garífuna, por ejemplo, es sumamente importante para la cultura hondureña y centroamericana porque visibilizó a un grupo marginado del estado-nación y del imaginario nacional, centroamericano y de más allá”.  Por lo demás, según Corrales Arias, el teatrista hondureño “representa lo mejor de un teatro con perspectiva popular sin populismo, vulgaridad, retórica ni facilismos artísticos”. De tal forma que el libro analiza cinco puestas en escena de Murillo Selva-Rendón con su respectiva dramaturgia, como un aporte en la búsqueda de un teatro propio, con sello local, pero con componentes formales y asuntos globales. Para ello hace un recuento histórico del teatro popular en América latina  y Centroamérica en particular.

 

Trayectoria

 

Adriano Corrales Arias (San Carlos, Costa Rica, 1958) es un escritor costarricense que realizó estudios de Artes Dramáticas en San Petersburgo, Rusia y posee un Doctorado Interdisciplinario en Letras y Artes de la América Central por la Universidad Nacional (UNA). Labora como profesor, investigador y extensionista en el Centro Académico de San José del Instituto Tecnológico de Costa Rica, donde dirige los programas y proyectos Miércoles de Poesía, revista Fronteras y Encuentro Internacional de Escritores, así como la Cátedra de Estudios Culturales Luis Ferrero Acosta.

 

Ha publicado: Tranvía Negro (Poesía, Ediciones Alambique, San José, 1995; Ediciones Perro Azul, San José, 1999); Los ojos del Antifaz (Novela, Ediciones Perro Azul, San José, 1999; Ediciones Piel de Leopardo, Buenos Aires, Argentina, 2001; EUNED, San José, 2007); La suerte del Andariego (Poesía, Ediciones Perro Azul, San José, 1999); Hacha Encendida (Ediciones El Pez Soluble, Caracas, Venezuela, 2000; Editorial Arboleda, 2008); Profesión u Oficio (Poesía, Ediciones Andrómeda, San José, 2002); Caza del Poeta (Poesía, Ediciones Andrómeda, San José, 2004); El jabalí de la media luna (Cuento, Ediciones Arboleda, San José, 2005); Balalaika en clave de son (Novela, Editorial Costa Rica, San José, 2006), Kabanga (Poesía, Ediciones Arboleda, 2008) y San José varia (poesía, Editorial Arboleda, 2009). Como compilador ha publicado Poesía de fin de siglo. Antología de poesía nicaragüense y costarricense (Ediciones Perro Azul, San José, 2000) y Sostener la palabra. Antología de poesía costarricense contemporánea (Ediciones Arboleda-Casa Cultural Amón, 2007).

Ha participado en múltiples festivales y encuentros de escritores nacionales e internacionales, entre ellos los Festivales Internacionales de Poesía de Medellín y Bogotá en Colombia, el Festival Internacional de poesía de Granada, en Nicaragua, el Festival Internacional de Poesía de El Salvador, el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, y la Feria del Libro en República Dominicana, entre otros. También en variados congresos y encuentro académicos como ponente y conferencista. Ha sido antologado en España y Centroamérica. También escribe teatro y ensayo y colabora con varias publicaciones nacionales y latinoamericanas.

 

La presentación

 

Teatro, comunidad, liberación e interculturalidad” se presentará en la Casa Cultural Amón (250 norte del hotel Aurola Holiday Inn) el miércoles 19 de octubre del presente año a las 7:30 pm.  La entrada es gratuita y allí se podrá conseguir el libro al precio de 5.000 colones. Las personas interesadas también podrán adquirir otras obras del autor esa noche.

 

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publicado por islanegra a las 14:36 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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no se vende ni se compra ni se alquila,
es publicación de poesía y literaturas.
Isla Negra es territorio de amantes, porque el amor es poesía. Isla Negra también es arma cargada de futuro, herramienta de auroras repartidas. Breviario periódico de la cultura universal. Estante virtual de biblioteca en Casa de Poesía.
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Gabriel Impaglione

poeta argentino residente en Italia
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