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Revista Isla Negra
Casa de Poesía y literaturas
17 de Octubre, 2011 · General

Olga Nolla en sus propias palabras

 

En las letras, desde Puerto Rico: (Serie En sus propias palabras)

 

por Carlos Esteban Cana

 

El 30 de julio de 2001, Olga Nolla se despedía de este plano, dejando una obra valiosa y variada en diferentes géneros literarios. Tanto en la poesía, como en la novela, así como en el cuento, Nolla fue premiada con diversos galardones nacionales. Fundadora con su prima, la escritora Rosario Ferré, de la emblemática revista de la década del 70, Zona de carga y descarga, esta poeta también se desempeñó como directora de la revista Cupey. Ganadora del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en el año 2000 y transcurridos diez años desde su partida su nombre no ha caído en el olvido.

 

Hace unos años la Universidad Metropolitana abrió una sala dedicada a su obra, donde está disponible lo que fue su biblioteca personal, además de otra memorabilia vinculada a su carrera literaria. Por otro lado, el periódico El Nuevo Día le rindió tributo al designar su certamen anual de poesía con su nombre, durante su primera temporada.

 

Yo la conocí en los linderos universitarios donde había enseñado humanidades. Con su sonrisa a flor de piel, conversamos esa primera ocasión acerca de las revistas literarias en Puerto Rico. En otra oportunidad pude formularle preguntas sobre el género cuentístico y su libro Porque nos queremos tanto. En otros eventos la escuché disertando en conferencias y seminarios.

 

Con el paso de los años la obra de Olga Nolla no envejece, no se agota. Por lo anterior y a una década de su muerte En las letras, desde Puerto Rico quiere rendir un sencillo homenaje a esta inolvidable autora. En esta edición llevamos a la mesa del lector reflexiones de la propia Olga Nolla acerca de su obra poética y del género novelístico que tanto disfrutó cultivar en las postrimerías de su vida.

 

Olga Nolla: En sus propias palabras

 

Para empezar yo no quería escribir. Nunca pensé en escribir. Tenía rabia, horror, tener que escribir. Escribir para mí era horrible y lo pensaba porque mi madre era escritora y yo quería, ante todo, no ser igual que ella. No quería ser como mi madre, más nunca. Si mi madre era un ama de casa, era una mujer de su casa. ¡Era religiosa! qué espanto total. Entonces yo no quería ser escritora, y traté y estudié química, quería ser científica. Luego me casé, traté de ser ama de casa: un fracaso total. Pero sí, tuve dos hijos. Algo logré. Finalmente, no fue porque lo buscara ni tratara ni nada, me puse a escribir, no me quedó otro remedio, y lo que escribí fue poesía. Escribí poesía cuando estaba la generación del 70. Y de alguna manera, es extraño porque quienes escribían poesía en esa generación eran mujeres. Rosario escribía poesía muy diferente a la mía, quien más… Edwin Reyes, que en paz descanse, escribía poesía muy buena. Angelamaría Dávila escribía poesía, me gustaba mucho pero era muy diferente. Y yo en ese momento escribía este tipo de poesía:

 

Manifiesto

 

Me encanta ser mujer

Tener cuarenta años

Ser dueña de mi vida

Enamorarme de los hombres

Olvidarme fácilmente de los hombres

Escribir mis poemas

Cocinar platos aromáticos

Elucubrar comidas criollas exquisitas

Hablar de comida con mis hombres

Vestirme sensualmente con encajes y sedas

Desvestirme sensualmente

Usar zapatos rojos

Llevar el pelo larguísimos

Pintarme las uñas de los pies

Soñar con las novelas que pienso escribir

Ver películas hechas por mujeres

Oír la lluvia azotar el aire

Oír los truenos

Desatar los truenos

Correr las olas con el auto en llamas

Y darte la manzana, Adán;

cómela, cómela

 

Manifiesto es uno de esos primeros poemas que escribía. Cuando yo escribo poesía, es, ante todo, no para desahogarme sino porque tengo algo que decir. Y lo primero que yo quería decir era que las mujeres teníamos que dejar de quejarnos, eso lo dije en un principio y sigo diciéndolo. Por eso mis poemas nunca lloran. Nunca lloran. Me acaba de dejar el último novio ¡qué horror! Tengo que llorar muchísimo pero no voy a escribir eso en un poema. ¡No señor! Porque entonces me estoy desahogando y esa nunca ha sido mi intención. Yo no escribo poesía para desahogarme, escribo poesía para decir otra cosa y para dar una nota, un tono desafiante, ¿verdad?; para comunicar eso, para ponerlo en un lenguaje de comunicación entre los hombres y las mujeres. Escribo poesía porque tengo el propósito de explorar la sexualidad como una manera, como una forma de comunicación entre los hombres y las mujeres.

 

En un hotel de Arecibo

 

En la plaza de Arecibo hay un hotel

al que se sube por un estrecho ascensor

ubicado entre dos tiendas por departamento.

Zapatos y carteras y ropa de caballero, creo

y en la otra vitrina

collares y cinturones de neón.

En la plaza de Arecibo hay un hotel.

 

Subiendo al tercer piso de un edificio de tres pisos

se encuentra un gran salón de altos techos

iluminado por pequeñas bombillas General Electric.

Un hombre muy cansado come arroz y habichuelas

en un “conteiner” de margarina Parkay.

Un hombre cincuentón de manos grasosas y profundas ojeras

comiendo

detrás del mostrador de la oficina de un hotel.

 

En medio del salón hay unos pocos muebles

de telas desteñidas y ratán verde

y un pequeño televisor.

Unos ancianos llenos de silencio

observan la pantalla producir rascacielos

sirenas de policía

y automóviles computadorizados.

Desde el largo balcón se contempla la plaza

nocturna y vacía

la iglesia esbelta y blanca

y árboles negros.

 

A lo lejos se esparce

el susurro del mar del norte.

 

En la plaza de Arecibo hay un hotel

al que se sube por un estrecho ascensor.

En él se paga por adelantado

$21.50 por un doble.

Las ventanas de los cuartos están clausuradas

y un olor a desinfectante barato

satura el aire.

 

En este hotel de la plaza de Arecibo

colchas polvorientas y desgarradas

altos techos enormes y vacíos

paredes agrietadas y pequeñas bombillas

amé desesperadamente a un hombre

que ya olvidé.

 

A través de los años he escrito libros de poesía y narrativa conjuntamente. La narrativa no llegó como parte de un desarrollo tardío, no, puesto que siempre he escrito prosa también. Y todos los críticos decían que mi poesía era narrativa. O sea, que el aspecto narrativo siempre estuvo presente. Era, vamos a decir en términos poéticos, un recurso que yo utilizaba. El año pasado publiqué El caballero del yip colorado que contiene poemas que son de la década de los noventa, también fue premiado Únicamente míos en México con el Premio Jaime Sabines y de este libro inédito voy a leer un poema. Se titula Amor de lejos.

 

Amor de lejos

 

Hicimos el amor a través de la mesa de recepción

de un hotel europeo.

Tu sonrisa me penetraba por los ojos y se instalaba

en la boca de mi estómago.

Tu voz me acariciaba los tímpanos,

mordía mis orejas, los lóbulos, la nuca,

me chupaba

las puntitas de los pezones.

Hicimos el amor desde lejos

Rodeados de gente que entraba y salía a la calle;

Tu mirada

besaba mis entrañas, me recorría

de punta a punta

como una boca sedienta,

como una lengua ansiosa.

Yo te pensaba un sexo erecto y duro, durísimo

debajo de unos pantalones de hilo gris.

Ni siquiera nos tomamos las manos

ni siquiera

besaste mi mejilla al saludarnos.

Hicimos el amor con las palabras,

con los tonos y los matices que alcanza el lenguaje,

únicamente con los gestos del cuerpo y los cabellos,

únicamente con las sonrisas entrelazadas

como enredaderas de flores trasparentes.

Fue como hacer música.

Pudo ser en París y pudo ser en Roma,

en Londres, en Nueva York o en Frankfurt.

Hicimos el amor a través de la mesa de recepción

de un hotel…

Sin tocarnos.

Tan sólo nos mirábamos y nos movíamos

al contarnos historias de amor y muerte

¿Quién dijo que el cerebro humano es un órgano sexual?

Pero eso no explica lo suficiente.

Es mucho más que eso; qué alegría…

 

En el caso de la novela es diferente. Yo comencé a escribir novelas porque es un género que me permite explorar una región de lo humano, el espacio que duerme entre la conciencia y las pasiones que la poesía no me permite. Un poema es una canción. Una novela un viaje a la aventura. Un poema es una canción. Escribo una novela para descubrir algo. En el Manuscrito de Miramar acompaño a la narradora en el viaje que emprende al leer el manuscrito de su madre. ¿Puede ella soportar el conocer una verdad sobre su madre? Escribo esta historia para averiguarlo. En El castillo de la memoria utilizo la historia y el mito para virarlo al revés. Juan Ponce de León encuentra la fuente de la juventud, pero ¿puede soportar la inmortalidad? Viajamos con él a través de 400 años de historia de Puerto Rico para averiguarlo. Al explorar la historia a través de la escritura de ficción también intento conocerme.

 

En la última novela que escribo, que aún no he terminado, vuelvo a utilizar la historia. Entre otras cosas que no voy a contar, recreo una visita que Franklin Delano Roosevelt hizo a Puerto Rico en 1934. Está perfectamente documentada, y me documenté perfectamente. Fui a los archivos de Puerto Rico y a la biblioteca puertorriqueña de la Universidad de Puerto Rico, y reconstruyo esa visita de Franklin Delano Roosevelt que ni siquiera está en el libro de Historia de Puerto Rico de Scarano. Ni siquiera. La reconstruyo utilizando la imaginación.

 

Pienso que la escritura de ficción nos permite no sólo reconstruir la historia y recuperarla, sino que nos permite conocer la historia más a fondo al inventarnos sus detalles. Intento percolar la realidad. No sé. En eso trabajo en la actualidad y tengo la extraña impresión de que sólo comienzo arañar la piel de todo lo que quiero conocer.

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publicado por islanegra a las 14:51 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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